A la mañana siguiente, desperté con la luz dorada entrando por las cortinas entreabiertas. Nathaniel todavía dormía a mi lado, su respiración lenta y profunda me arrullaba, y por un instante sentí que todo el mundo podía quedarse en silencio y yo estaría bien. Pero entonces recordé la llamada de Orion. Mi teléfono seguía en el suelo, justo donde lo había dejado la noche anterior. Lo tomé con cuidado, intentando no despertar a Nathaniel. Tres llamadas pérdidas. Un mensaje que brillaba con una urgencia silenciosa: "Llámame cuando puedas. No puedo estar solo." Mi estómago se revolvió. Orion nunca hacía esto. Él siempre era distante, frío incluso, y reservado con sus emociones. Que estuviera llamando a estas horas, desde Boston, y con un mensaje tan directo, significaba que algo lo estaba

