Cuando llegamos al departamento, la noche ya había cubierto los edificios con esa calma que solo aparece después de la lluvia. La ciudad se oía lejana, como si respirara en silencio. Julia abrió la puerta con el codo, cargada de bolsas, y soltó una exclamación al ver el caos que habíamos dejado en la cocina el día anterior. —Perfecto, un campo de batalla —dijo, dejando las bolsas sobre la encimera—. Esto va a ser un milagro culinario o un crimen. —Depende de cuánta fe le pongas —respondí, dejando las flores sobre la mesa. —La fe no cocina, Bella. Pero el vino sí ayuda. —Sacó una botella del carrito y la levantó como si fuera un trofeo. Puse música suave mientras guardábamos las compras. Julia movía las manos como una directora de orquesta en plena euforia: cortaba, mezclaba, hablaba y

