No recuerdo cómo salí de la casa. Solo sé que mis pies se movían solos, que el aire era tan frío que dolía y que la calle me recibió con un silencio ajeno, como si la ciudad ignorara por completo lo que acababa de pasar. Caminé sin rumbo, sin abrigo, sin dirección. Solo quería alejarme. De él. De todo. El asfalto estaba húmedo, el cielo todavía oscuro. Las luces de los autos pasaban rápidas, reflejándose en los charcos. Me detuve en una esquina y levanté la mano para detener un taxi. —¿A dónde, señorita? —preguntó el conductor. —Solo… maneje —susurré. No tenía a dónde ir. Miraba los edificios pasar, las ventanas iluminadas de vidas que seguían su curso, y sentía que la mía había quedado atrás, varada en ese dormitorio donde el amor se había hecho pedazos. El teléfono no dejaba de vi

