Dejé mi bolso en su lugar, el sonido seco contra el mueble pareció más fuerte de lo que en realidad era. El aire en el apartamento se volvió pesado, como si cada palabra de Nathaniel aún flotara allí, llenando los rincones. Me acerqué despacio, con el corazón golpeando en el pecho. —Tienes razón —dije en un susurro apenas audible—. Perdón, Nathaniel. Lo abracé, con la esperanza de que su calor me envolviera como siempre, de que sus brazos me recordaran que seguíamos siendo nosotros. Pero él permaneció rígido, inmóvil, como una estatua de hielo. Me aparté, con los ojos ardiendo, y lo vi girarse con gesto serio. —Voy a ducharme —anunció, sin dureza, pero con la distancia marcada en cada sílaba. Se fue hacia el baño, dejándome ahí de pie, con los brazos aún temblando por el abrazo que n

