La reunión en la editorial había terminado hacía apenas unas horas y, aunque había sido un éxito, mi cabeza seguía girando en círculos como un carrusel desbocado. Todo había salido perfecto. Demasiado perfecto. Las sonrisas, las palabras de reconocimiento, la promesa de un nuevo comienzo. Era todo lo que siempre había soñado, pero en vez de sentirme tranquila, había un nudo creciendo dentro de mí, duro y frío, como si algo oscuro se estuviera preparando para irrumpir en medio de tanta calma. No sabía qué hacer con esa sensación. Así que, sin pensarlo demasiado, entré en el supermercado más cercano. No buscaba nada en particular, hasta que mis ojos se posaron en una botella de vino tinto, una marca que apenas recordaba haber visto en alguna cena ajena. No era mi estilo, nunca lo había si

