Cuando por fin nos quedamos quietos, el sol ya se filtraba tímido por las cortinas, pintando la habitación con un resplandor dorado. Mi respiración aún era agitada, pero el peso dulce del cansancio me envolvía como una manta. Me acurruqué sobre su pecho, con el corazón todavía acelerado y la piel húmeda de sudor. Nathaniel me acariciaba el cabello en silencio, y yo sonreía contra su piel, como si quisiera grabar en mi memoria ese instante. —Te amo mi vida —murmuré una vez más, con los ojos cerrándose sin remedio. —Y yo a ti, Bella —me respondió, apenas audible, con esa ternura que me desarmaba. Sentí sus labios rozar mi frente antes de que el sueño me venciera por completo. Me dejé llevar, con el cuerpo rendido y el alma ligera, sabiendo que esa madrugada había bailado, reído, bebido y

