El ascensor se detuvo con un leve temblor. El número diecisiete parpadeó en rojo, y el sonido del timbre me devolvió al presente, o al menos a lo que quedaba de él. Cuando las puertas se abrieron, un murmullo de voces y pasos me envolvió. La sala de reuniones estaba llena: carpetas, tazas de café, laptops abiertas, y ese aire tenso que siempre precede al cierre de un mes editorial. —Arabella, justo a tiempo —dijo Thomas, el editor de Andrews, con una sonrisa cansada. Asentí, dejando el bolso a un costado, y me senté frente a él. Las palabras comenzaron a fluir: cifras, fechas, proyecciones. Todo sonaba como un idioma que una vez dominé, pero que ahora escuchaba como quien oye desde el agua. Lejos. Distorsionado. —Necesitamos tu revisión final en las galeradas de La hora del cristal —

