No supe cuánto tiempo me quedé después de que él asintiera. Solo recuerdo el peso del silencio. Ese que se instala cuando ya no hay nada más que decir, pero tampoco fuerzas para moverse. Tomé el bolso y salí del hospital con paso rápido, sin mirar atrás. El aire de octubre me golpeó la cara como una bofetada. En la vereda, el ruido de las ambulancias, los autos y las voces ajenas me pareció insoportable. Todo sonaba demasiado alto. Demasiado vivo. Crucé la calle sin saber adónde iba. Caminé hasta el final de la cuadra y me detuve frente a una farmacia, fingiendo revisar el celular solo para no romperme en mitad de la acera. Tenía los ojos ardiendo, la garganta cerrada y los girasoles aún grabados en la memoria, apoyados sobre ese escritorio donde antes todo parecía tener lugar para

