Me desperté antes que él. La luz del amanecer se colaba tímida por las cortinas, pintando la habitación con un tono suave, casi dorado. Nathaniel dormía a mi lado, con un brazo extendido hacia mí como si aún en sueños necesitara asegurarse de que no me iba a ir a ninguna parte. Me quedé mirándolo un rato, en silencio, recordando todo lo que habíamos hablado anoche, lo que habíamos prometido. Era extraño, pero por primera vez en mucho tiempo sentía que la distancia entre nosotros no era un abismo imposible de cruzar. Todavía quedaban cosas por arreglar, sí… pero había un puente ahora. Algo nuevo que nos sostenía. —Buenos días —murmuró de pronto, con los ojos apenas abiertos y esa voz grave que siempre me desarmaba. —Buenos días —respondí, y me incliné a besarlo en la mejilla antes de sal

