Me quedé inmóvil. La frase se quedó suspendida entre nosotros como un hilo invisible, pesado y delicado al mismo tiempo. “Dame un hijo, Bella.” No había gritos, no había dramatismo. Solo su voz baja, rota, vulnerable. Sentí cómo mis dedos temblaban entre los suyos. Lo miré, sin poder pronunciar palabra, y en su rostro vi algo que no había visto en mucho tiempo: no era deseo, no era una exigencia, era una mezcla extraña de anhelo y miedo. —¿Qué…? —logré decir al fin, apenas un susurro—. ¿Nathaniel…? Él tragó saliva y apretó mis manos contra su pecho, como si buscara anclarse en mí. —No lo sé, Bella. No era algo que tuviera en la cabeza, no era un plan, ni un proyecto. Simplemente… un día empecé a ver a niños en la calle, en el hospital, en los parques. Y te juro que me vi ahí, vi mis ma

