El día siguiente amaneció con un silencio extraño. No era el silencio tenso de una pelea reciente, ni el vacío que deja la distancia. Era algo distinto. Una calma que pesaba, como si las palabras que no dijimos la noche anterior aún flotaran entre nosotros, esperando encontrar su lugar. Nathaniel se levantó antes que yo. Lo escuché moverse por la casa, abrir cajones, preparar café. Cada sonido me resultaba familiar, casi reconfortante, y al mismo tiempo… me dolía. Porque ya no sabía si esa rutina que compartíamos era un refugio o una forma de disfrazar las grietas. Cuando bajé a la cocina, él estaba de pie junto a la mesa, leyendo algo en su tablet. Me miró apenas, con una sonrisa leve que no alcanzó a sus ojos. —Buenos días. —Buenos días —respondí, intentando sonar natural. El arom

