Me quedé mirándolo, con las palabras todavía flotando en el aire, pesadas, densas, cargadas de algo que no supe cómo interpretar. “Nadie más puede acercarse a ti como yo lo hago.” Su voz había sonado firme, casi como una promesa. Pero en mis oídos, aquella frase resonaba también como una advertencia. No respondí. No porque no quisiera, sino porque no encontraba la forma correcta de hacerlo sin encender algo más. Nathaniel me sostuvo la mirada unos segundos, esperando quizás una confirmación, un gesto, una palabra que lo calmara. No la tuvo. Se acercó entonces, despacio, y me apartó un mechón de cabello que el viento había movido sobre mi rostro. —No quería sonar así —murmuró—. Solo... a veces me cuesta controlar lo que siento. Asentí en silencio. No era la primera vez que lo veía con

