El teléfono vibraba una y otra vez sobre la mesa del hotel. Cada vez que su nombre aparecía en la pantalla, el corazón se me detenía un segundo antes de recordarme que aún latía. Nathaniel. No atendí las primeras veces. No podía. El miedo, la culpa y el cansancio se mezclaban en mi garganta como algo imposible de tragar. Pero cuando volvió a sonar, lo hice. Deslicé el dedo sobre la pantalla con la respiración entrecortada. —¿Arabella? —su voz era áspera, cargada de algo que no supe si era rabia o alivio. Cerré los ojos. —Hola. —¿Hola? —repitió, con una risa amarga—. ¿Eso es todo lo que vas a decirme después de desaparecer toda la noche? Tragué saliva. —Lo siento. —¿Dónde estabas? —preguntó, sin esperar nada más. —En Boston. —Ya sé que en Boston. —Su tono se quebró apenas—.

