El sol seguía entrando por la ventana, tiñendo la cocina de un dorado suave que hacía que todo pareciera menos hostil. Me quedé ahí, entre sus brazos, sintiendo cómo mi respiración por fin empezaba a acompasarse con la suya. Era extraño… después de todo lo que habíamos dicho la noche anterior, después de todo lo que había salido a la luz, no había distancia ni frialdad. Solo nosotros dos, desnudos en palabras, con la verdad en medio. Nathaniel me acariciaba la nuca con los dedos, despacio, como si necesitara memorizar la textura de mi piel para recordarse a sí mismo que yo estaba ahí, real, presente. —Cinco hijos, Arabella —repitió, con la voz más baja, más íntima—. Lo dije y lo sostengo. No porque toque, no porque sea lo esperado… sino porque quiero. Porque quiero construir contigo todo

