No dormí esa noche. Después de la llamada con Orion, me quedé en la cama mirando el techo, con el cuerpo inmóvil pero la mente encendida, como si el insomnio tuviera forma y peso. El teléfono descansaba sobre la almohada, y cada tanto lo miraba, esperando un mensaje de Nathaniel que no llegó. Había algo cruel en la calma que siguió. Ni gritos, ni discusiones, ni finales oficiales. Solo silencio. Y ese silencio dolía más que cualquier palabra dura, porque me hacía imaginar todas las que él no decía. Al amanecer, la ciudad despertó sin mí. El ruido de los autos, los pasos apurados, los timbres de las bicicletas… todo sonaba distante, como si perteneciera a otra vida. Me levanté, abrí las cortinas y dejé que la luz gris de octubre entrara. No calentaba. No iluminaba. Solo mostraba lo

