Esa noche dormimos juntos, pero no en realidad. O al menos, no como antes. Nathaniel permaneció de espaldas a mí, inmóvil, con la respiración demasiado pareja para ser sueño real. Yo lo conocía; cuando él dormía de verdad, su cuerpo se relajaba del todo, su brazo siempre terminaba encontrándome incluso dormido, como si buscara asegurarse de que seguía ahí. Esta vez no hubo brazo. Ni búsqueda. Solo distancia. Me quedé mirando el techo durante horas, intentando entender qué acababa de pasar. Cómo habíamos pasado de flores y risas a gritos y acusaciones en cuestión de minutos. La respuesta era simple y, al mismo tiempo, demasiado compleja para nombrarla en voz alta: miedo. Nathaniel tenía miedo. Y yo no sabía qué hacer con eso. Cuando por fin me quedé dormida, ya casi amanecía. Y al ab

