El sol de la tarde se filtraba por las persianas, dibujando líneas doradas sobre el suelo, como si intentara iluminar las grietas del caos que me rodeaba. Nathaniel seguía allí, moviéndose con una serenidad que me resultaba ajena, casi imposible. Cada gesto suyo, recoger los platos, abrir las ventanas, cambiar las sábanas, tenía algo de sagrado, como si con cada acción intentara devolverle aire a un lugar donde todo se había detenido. Yo lo observaba desde la cama, todavía con los ojos hinchados, sin saber si debía agradecerle o pedirle perdón otra vez. Mi voz no alcanzaba a salir. Cuando terminó de ordenar lo esencial, Nathaniel se detuvo frente a mí. Tenía las mangas arremangadas, la mirada cansada y ese tipo de expresión que solo aparece cuando uno ha pasado días sin dormir bien. —No

