Por un segundo, todo se redujo a eso: a su mano sujetando la mía, a ese murmullo suyo contra mi oído, a la certeza de que me había arrastrado a un mundo que no era el mío sin pedirme permiso, pero sin darme tampoco la oportunidad de negarme. Los invitados seguían cantando, levantando copas, aplaudiendo. Orión respondió con una inclinación mínima de cabeza, ese gesto casi imperceptible de quien sabe que todas las miradas le pertenecen y, aun así, no parece afectarle. —Ven —dijo otra vez, y me guió entre la multitud como si ya tuviera decidido el camino. Yo no sabía dónde poner los ojos. Las luces doradas del salón brillaban sobre la superficie del mármol, los rostros iban y venían con sonrisas demasiado amplias, perfumes caros y trajes que parecían sacados de una revista. No encajaba all

