Las palabras de Nathaniel quedaron suspendidas en el aire como un golpe invisible. Te prohíbo verlo. El eco de esa frase parecía chocar contra las paredes del apartamento, rebotar entre los muebles y clavarse en mi pecho. Me quedé inmóvil, con la respiración atrapada en algún lugar incómodo de mi garganta, sin saber si reír, gritar o simplemente marcharme. —¿Perdón? —pregunté al fin, con la voz temblando, aunque no estaba segura si era de rabia o de incredulidad. Nathaniel me miró con los ojos encendidos, como si esa prohibición fuera su último recurso para recuperar algo que sentía perder a toda velocidad. —No quiero a ese tipo cerca de ti, Arabella —repitió, más despacio, casi con cuidado, como si al suavizar la voz pudiera hacer que sonara menos brutal—. No quiero verlo en tu vida.

