El vuelo salió antes del mediodía, aunque no recuerdo haber visto despegar el avión. Tenía la cabeza apoyada en la ventanilla, los auriculares puestos, pero no escuchaba nada. Solo el zumbido constante del motor, mezclado con el eco de su voz: “Quédate donde te dé la gana.” Nunca una frase me había dolido tanto. Miré por la ventana. Las nubes se extendían como un océano blanco, quietas, indiferentes. Yo, en cambio, estaba hecha de ruido. De pensamientos, de imágenes que no podía borrar. Su cara cuando me hablaba, el tono quebrado, el silencio que siguió. Intenté escribir. Abrí el portátil, el documento del manuscrito que debía entregar en dos días. Pero las palabras se disolvían. No podía concentrarme. No podía ser la editora ni la profesional ni la mujer que fingía controlarlo todo

