Pasaron los días, y aunque nada cambió realmente, todo era distinto. Era como si las palabras de Nathaniel hubieran quedado flotando en el aire, instaladas entre nosotros con la suavidad de una brisa y el peso de una roca. No volvíamos a mencionarlas, pero estaban ahí, acompañándonos en el desayuno, en el silencio antes de dormir, en cada roce casual de nuestras manos. Yo fingía normalidad. Me despertaba temprano, trabajaba, respondía correos, tomaba café en la misma taza de siempre. Pero en el fondo, todo lo que hacía se sentía como si lo estuviera observando desde afuera. Él, en cambio, parecía más tranquilo. Seguía cansado, seguía volviendo tarde del hospital, pero algo en su mirada había cambiado. Tal vez era esperanza, o simplemente alivio de haber dicho en voz alta lo que llevaba

