Cuando llegué a casa, el sol ya comenzaba a caer, pintando las paredes con un tono ámbar suave que hacía que todo se viera más cálido. Cerré la puerta tras de mí y me apoyé un instante en ella, respirando hondo. La casa estaba en silencio, pero no ese silencio pesado que a veces me ahogaba, sino uno ligero, expectante, como si también estuviera esperando lo que venía. Dejé el bolso en el perchero y me dirigí directo al baño. El vapor del almuerzo en casa de la madre de Nathaniel aún parecía pegado a mi piel, mezclado con el olor a hierbas frescas y pan. Abrí la ducha y dejé que el agua caliente cayera sobre mí, arrastrando los restos de cansancio y de ansiedad que quedaban. Cerré los ojos, pensando en las últimas palabras de Nathaniel por teléfono. “Ponte hermosa”. Sonreí sin poder evit

