Me quedé inmóvil, con la respiración contenida. El corazón me golpeaba en las costillas como si quisiera salir huyendo antes que yo. El cuerpo me pesaba. Tenía la cabeza embotada y la garganta seca. Y él… él estaba ahí. Desnudo. De espaldas, con el brazo extendido sobre la almohada y el cabello despeinado, como si el sueño lo hubiera atrapado a mitad de una idea. Mi primera reacción fue taparme con la sábana hasta el cuello. Mi segunda, revisar con terror el estado de mi ropa interior. Y mi tercera, llorar. No sé en qué momento me empezaron a caer las lágrimas, pero ahí estaban: silenciosas, tercas, cayendo sobre la almohada como si quisieran borrar lo que mi memoria no alcanzaba a recordar. “Dios mío…”, murmuré apenas, con la voz ronca. ¿Había pasado? ¿Habíamos dormido juntos?

