La tarde cayó lenta, y el reloj en la esquina de la pantalla marcó las seis en punto. El bullicio de la oficina empezó a disminuir; las conversaciones se diluían en el sonido metálico de los teclados y en el cierre de las carpetas. Guardé mis cosas despacio, sin apuro, saboreando el silencio que empezaba a envolver el lugar. Tomé el abrigo, apagué el computador y caminé hacia la salida. El vestíbulo estaba casi vacío, solo quedaba el guardia revisando su teléfono y el sonido distante del tráfico que subía desde la calle. A través del vidrio de la puerta principal, vi a Orión, estaba allí, recostado contra un auto de lujo n***o, con las manos en los bolsillos y el abrigo abierto. La luz del atardecer caía oblicua sobre él, resaltando ese aire tranquilo que parecía imposible de fingir. Su

