Caspian II
Me levanté de la mesa con el deseo ardiente de respirar aire fresco, de dejar atrás la pesada conversación, el ruido de cubiertos y las miradas inquisitivas de mi madre. Cristoff también se levantó junto conmigo, como era costumbre, siguiéndome siempre un paso atrás o al lado, como mi sombra. Estaba listo para marcharme, para perderme en los pasillos del castillo y planear con él nuestra cacería, cuando la voz firme de mi madre detuvo mi andar.
—Caspian —me llamó, sin levantar demasiado el tono, pero con esa autoridad que atravesaba cualquier muro.
Me detuve de golpe, apretando un poco los puños a mis costados. Sabía lo que venía, o al menos eso creía. Respiré hondo, me giré hacia ella y, antes de que pronunciara una sola palabra, solté lo que llevaba ardiendo en la garganta.
—Madre, cuando vuelva de la cacería tendrás una respuesta sobre el matrimonio. No tienes que bombardearme más, así que solo sé paciente.
El silencio en la sala fue espeso y Cristoff me miró de reojo, como si temiera que me hubiera pasado de insolente. Pero mi madre no frunció el ceño ni lanzó un sermón, al contrario, sonrió con una calma inquietante.
—No era eso lo que iba a decir, hijo pero… —respondió despacio, midiendo cada palabra como quien deja caer piedras preciosas en la mesa—, pero me alegra saber que al fin empiezo a hacerte entrar en razón.
La confusión me golpeó más fuerte que cualquier espada. La miré sin disimular mi desconcierto, como si hubiera hablado en un idioma extranjero.
—¿Entonces qué era? —pregunté con cautela, incapaz de quedarme con la intriga.
Mi madre se enderezó en su silla, sus manos descansando sobre el mantel con la dignidad de quien siempre guarda un último as bajo la manga.
—Pues bien, Caspian, sabes que yo ya cumplí con mi rol —dijo, su voz resonando en las paredes del comedor—. He sido reina mucho tiempo, he guiado a este reino con mano firme y corazón herido desde la partida de tu padre. Pero no quiero quitarte ese derecho, porque te pertenece, porque es tu destino.
Mi corazón latió con fuerza atronadora en mi pecho. No podía creer lo que escuchaba.
—¿Qué quieres decir? —logré murmurar, aunque sentí que la voz me temblaba.
—Quiero decir que tenía pensado entregarte el reino ya —declaró, y esas palabras, tan simples, me atravesaron como un rayo.
Cristoff se tensó a mi lado, lo sentí respirar hondo y conteniéndose. Janell abrió los ojos como platos, como si de pronto su hermano mayor se hubiera convertido en algo más que eso.
—¿El reino… ya? —repetí, incrédulo, casi con un hilo de voz.
—Sí —confirmó ella, sin apartar sus ojos de los míos—. Pero antes de eso, sabes lo que debemos hacer, la caravana es importante.
El aire se me escapó en un suspiro frustrado.
—¿De verdad debo hacerlo? —pregunté, sin poder ocultar la mezcla de miedo y agotamiento que me corroía.
—Claro que sí —dijo con firmeza—. Tu padre y yo lo hicimos siempre. Es un acto de amor hacia nuestra gente, una muestra de que no solo gobernamos desde un trono, sino que compartimos pan y carne con aquellos que sostienen este reino con su trabajo y su fe. Es importante, Caspian. Refuerza los lazos con el pueblo que gobernarás.
Me llevé la mano al rostro, frotando mis sienes. Sentía la presión acumulada en mis hombros, más pesada que nunca.
—Madre, apenas estoy aprendiendo a mantener la calma en este palacio y ya quieres que cargue con el peso de todo el reino… —dije con la voz quebrada, pero ella me interrumpió con un gesto severo de la mano.
—No está a discusión —sentenció, cortante—. Después de que vuelvas de tu cacería, mandaré a avisar al pueblo entero la fecha y el día de la caravana. Será el inicio de tu camino como soberano. Así que mejor prepárate mentalmente, porque no se cancelará.
El eco de sus palabras me golpeaba como martillazos en la cabeza. No había espacio para negociar, no había espacio para huir. La decisión estaba tomada, como siempre. Yo sólo debía obedecer. Respiré hondo, enderecé mi espalda y, aunque por dentro me sentía desgarrado, hice una reverencia formal.
—Como desees, madre —dije con una voz que me resultó ajena.
Cristoff me imitó, inclinándose con respeto, aunque lo conocía lo suficiente para saber que por dentro debía estar ardiendo igual que yo.
Con eso, dimos media vuelta y salimos del comedor. El silencio nos acompañó por los pasillos, un silencio denso, cargado, que no se rompió hasta que estuvimos lo suficientemente lejos.
—¿Estás bien? —preguntó Cristoff al fin, su voz baja pero preocupada.
Me detuve en seco y lo miré, con el corazón todavía acelerado.
—¿Bien? —dije, riendo amargamente—. Me acaban de decir que voy a heredar todo el reino, Cristoff. Que en mis hombros cargarán el destino de miles de vidas, que debo ser rey no mañana ni en un futuro lejano, sino ya, dentro de poco, nose… estoy asustado . Y encima debo desfilar por el pueblo como si tuviera todo bajo control. ¿Cómo demonios podría estar bien? Siento que aun me falta mucho por explorar, por conocer y todo se me va de las manos, mi vida ya no es mía.
Cristoff me sostuvo la mirada, serio, sin apartarse ni un milímetro.
—Estás asustado, y eso es un sentimiento normal —respondió—. Pero también sé algo más, recuerda tu naciste para esto, Caspian. Te he visto luchar, decidir y proteger. No eres perfecto, y no tienes que serlo. Solo tienes que ser tú. El reino necesita a alguien humano, no a un dios, te irá bien.
Suspiré, dejando caer los brazos a mis costados.
—A veces me pregunto si mi madre lo entiende, si ve lo que en verdad soy, o solo quiere moldearme en la imagen de mi padre.
—Tal vez ambas cosas —dijo Cristoff con franqueza—. Pero lo que importa ahora no es lo que ella quiere, sino lo que harás tú con este peso. Y si algo he aprendido, es que, por mucho que lo odies, no puedes escapar de tu deber.
Cerré los ojos, tragando saliva. El eco de sus palabras me resonaba con una verdad incómoda. No podía escapar, no había un rincón del mundo donde esconderme del legado que me perseguía.
—Primero la cacería —murmuré, como si me convenciera a mí mismo—. Necesito despejar mi mente antes de enfrentar todo esto.
—Y allí estaré contigo —aseguró Cristoff, dándome una palmada en el hombro—. No lo olvides, Caspian, no estarás solo.
Lo miré, y por un momento sentí que la carga era un poco más ligera. Pero solo un poquito.
El camino hasta mis aposentos se me hizo más corto de lo habitual. Tal vez porque mi mente estaba demasiado ocupada digiriendo las palabras de mi madre. Sentía aún el peso de su declaración, como una armadura que me aplastaba el pecho. Sin embargo, tener a Cristoff a mi lado era un alivio. Él caminaba con las manos cruzadas tras la espalda, con esa calma estudiada que ocultaba su propia ansiedad.
Empujé la puerta de mis aposentos y lo dejé entrar primero, como siempre, por costumbre más que por protocolo. La estancia estaba en orden, el fuego encendido en la chimenea, las cortinas recogidas dejando que la luz del sol bañará las paredes de piedra. Era mi refugio, mi trinchera, y en ese momento necesitaba que lo fuera más que nunca.
—Bien —dije, cerrando la puerta tras de mí—, hablemos de lo único que puede sacarme de esta locura, la cacería.
Cristoff sonrió de medio lado, se sentó sin permiso en uno de los sillones de cuero y sacó un trozo de pergamino que había tomado de la mesa.
—Sabía que dirías eso. Así que… hagamos una lista ¿Qué objetivo quieres esta vez? ¿Ciervo, jabalí, acaso un oso?
Me crucé de brazos, caminando de un lado al otro, como un león encerrado.
—Hace mucho que no vamos tras ciervos. Y necesito movimiento, precisión, algo que me exija destreza con el arco. Si apunto a un ciervo, recuperaré esa concentración que tanto me falta.
—Entonces ciervos será —dijo, anotando con una pluma rápida—. Ahora, el tiempo ¿Cuánto planeas estar fuera?
—Dos días, como mucho tres —respondí sin dudar—. Un día de caza y otro de regreso, estaría perfecto. No más, o mi madre pensará que me fugué del reino y me enviará medio ejército a buscarme.
Cristoff rió, negando con la cabeza.
—Nunca había visto a alguien tan temido por su propia madre.
—No lo entiendes, Cristoff. Ella es más peligrosa que un ejército entero.
Seguimos discutiendo detalles, cuántos soldados nos acompañaría, qué provisiones levaríamos, si tomaríamos caballos veloces o de carga. Poco a poco, el humor se me aligeraba. Planeábamos como en los viejos tiempos, como cuando éramos adolescentes y soñábamos con aventuras, lejos de los muros del castillo.
Estaba tan metido en la conversación que no escuché el crujido de la puerta hasta que fue demasiado tarde.
—Mi príncipe… —canturreo una voz suave, melosa, cargada de intenciones.
Me giré y ahí estaba Isa, de pie en el umbral.
Cristoff quedó boquiabierto, literalmente, sus labios se entreabrieron, sus ojos se abrieron como dos monedas doradas, debo admitir que yo también me sorprendí, aunque por motivos muy distintos. El intento esconderse en el gran sillón de cuero, pero se me hizo que era una idea absurda ya que el era mucho más gigante.
Isa era atrevida. Más atrevida de lo que creí posible. Llevaba un vestido de gasa rosada tan ligero que apenas cubría lo esencial. Su piel morena brillaba bajo la luz del sol, tersa y perfecta. El escote apenas se sostenía en su lugar y dejaba poco a la imaginación, mientras la tela se abría en la pierna, revelando más de lo que la decencia permitiría jamás. Ella no me vio acompañado y agradecí eso ya que podría usarlo para correrla. Sus ojos estaban fijos en mí, en cada línea de mi cuerpo, como si me desnudara con la mirada.
—Isa… —dije con un tono bajo, entre advertencia y fastidio.
—He venido a complaceros, mi señor —respondió con descaro, caminando lentamente hacia mí, balanceando las caderas como si cada paso fuera un hechizo.
Cristoff, todavía petrificado, murmuró apenas audible para mi.
—Por todos los dioses, Cass…
Tuve que contener una carcajada al verlo así, y al mismo tiempo me sentí irritado. Isa era parte del maldito juego de mi madre, otra pieza del ajedrez en el que yo era el rey obligado a moverse según reglas que no deseaba.
Isa llegó hasta mí, tan cerca que pude sentir el perfume dulce de su piel, y extendió una mano para rozar mi hombro.
—¿No me extrañabas, príncipe? —susurró, con una sonrisa peligrosa.
Yo la miré fijo, serio, dejando que mis palabras fueran como dagas.
—En verdad Isa, no tienes vergüenza.
—Su alteza… yo— De repente su mirada se dirigió al sofá y se atraganto con su propia saliva al ver a Cris ahí sentado mirándola.
Me acerque a ella y le susurre con un tono divertido:
—Eso te pasa por promiscua.
Isa parpadeó, confundida, su sonrisa vaciló por primera vez, sin poder creer lo que sucedía.
—¿Queee…?
—Le dije a Alma hoy en la mañana que no la quería ver aquí, y tú no eres la excepción —continué, frío como el acero—. Así que vete y ahórrate esta vergüenza que estas pasando.
Mi voz resonó en la habitación con tal firmeza que Isa dio un paso atrás con el rostro encendido. Y entonces sucedió: soltó un grito… un grito tan fuerte, y tan escandaloso, que estoy seguro se escuchó en medio castillo.
Cristoff casi se atragantó de la risa.
—¡Por todos los santos, Caspian! Creo que hasta los guardias de las murallas saben ahora que la rechazaste.
Isa, con el rostro rojo como el fuego, salió corriendo por el pasillo, la tela rosada ondeando detrás de ella como una bandera de rendición.
El silencio que quedó fue roto solo por la risa contenida de Cristoff, que al fin explotó, llevándose una mano al estómago.
—Estás loco —dijo entre carcajadas, apenas recuperando el aliento—. ¡Completamente loco!
Lo miré con seriedad, aunque sus carcajadas eran contagiosas.
—¿Qué demonios es tan gracioso?
—Si yo fuera tú —dijo, todavía riendo—, ya la habría tomado contra esa pared y la habría hecho gritar mi nombre como un loco pervertido.
Rodé los ojos y lo empujé de un manotazo en el hombro.
—Pues tú eres tú, y yo soy yo. Y no me gustan. Son muy fuera de mi gusto.
Cristoff me miró con incredulidad, todavía sonrojado por la visión.
—¿No te gustan? ¿Ni Isa? ¿Ni Alma? Por los cielos, Caspian, ¿tienes sangre en las venas o agua helada?
Me crucé de brazos, adoptando la postura más seria que pude.
—Lo que ellas quieren no es complacerme, es asegurarse un lugar. Piensan que el primero que logre bajarme los pantalones llevará a mi hijo en su vientre y con eso se ganará el trono.
Cristoff levantó las cejas, divertido.
—¿Y no es acaso así como funciona la mitad de las coronas del mundo?
—No conmigo —dije tajante—. Yo no soy un premio de feria, no voy a dejar que mi vida la decida la más atrevida entre un harén que ni siquiera pedí.
Él me miró largo rato, luego soltó una carcajada más contenida, aunque con un brillo cómplice en los ojos.
—Eres incorregible, Caspian. Te juro que, si algún día encuentras a esa mujer que dices esperar, no sé si voy a reconocer al hombre que veré frente a mí.
Sonreí, aunque había más cansancio que humor en mis labios.
—Tal vez yo tampoco me reconozca.
Nos quedamos en silencio unos segundos, hasta que él volvió a mirar el pergamino sobre la mesa.
—Bueno, entonces sigamos con lo que importa. Ciervos, dos días de cacería, ocho soldados, cuatro caballos de carga. ¿Algo más que añadir a la lista?
Lo miré y no pude evitar reír. Después de la tormenta que había sido Isa, volver a hablar de caballos y provisiones era tan absurdo como necesario.
—Sí —dije, volviendo a sentarme—. Añade vino, si algo he aprendido hoy, es que necesito mucho vino.
Cristoff rió conmigo, y por primera vez en todo el día sentí que la carga sobre mis hombros no me aplastaba tanto.