Caspian II
El bullicio del pueblo aún resonaba en mis oídos, los aplausos, los vítores, las manos agitándose en el aire como si quisieran tocar siquiera un poco de la tela de mi carruaje, y sin embargo, todo se difuminaba en mi mente, porque lo único que ocupaba mi pecho era esa revelación, ese rostro que me perseguía desde el bosque, desde mis sueños, esa mirada verde imposible de olvidar, la había encontrado, estaba frente a mí, tan real como la vida misma, y no podía creerlo, no podía contener la euforia que se encendía en mis venas como fuego indomable.
Me senté de nuevo en mi lugar, el carruaje avanzaba lentamente mientras la multitud coreaba mi nombre, agitaban flores, banderas y telas bordadas, y yo debía levantar la mano, debía sonreír con la serenidad de un príncipe heredero, con la elegancia de un rey en formación, pero mis labios apenas podían sostener la compostura, porque quería gritar de júbilo, quería detener todo aquello y correr tras ella, seguirla hasta donde fuera, porque sabía, lo sabía con certeza absoluta, que si la dejaba escapar otra vez, podría perderla para siempre.
Cristoff, sentado a mi lado, me observaba de reojo, su sonrisa divertida se transformó en una expresión entre incrédula y desconcertada, él me conocía demasiado, sabía leerme como pocos podían, y por más que intentara ocultarlo, mi mirada buscaba entre la multitud un destello verde, un vestido que brillaba como un campo de esmeraldas, mis manos se crispaban sobre mis rodillas, mis respiraciones eran más agitadas de lo normal, y mi corazón no dejaba de retumbar como un tambor de guerra en medio de la calma.
Incliné apenas mi cuerpo hacia él, cuidando que los guardias y los cortesanos cercanos no notaran la urgencia en mi voz,
—Cristoff… escucha con atención lo que voy a pedirte.
Él parpadeó, inclinando la cabeza con cierta intriga,
—Te escucho, alteza.
—Quiero que mandes un destacamento de soldados, los mejores hombres que tengamos aquí, que no sean novatos, que sepan moverse con discreción —dije entre dientes, sin apartar mi mirada de la gente que seguía vitoreándome—, que la sigan, que rodeen su casa con cuidado, sin levantar sospechas, y si intenta escapar…
Mi voz se endureció, cada palabra era una orden sellada con mi decisión inquebrantable,
—…deben detenerla, retenerla a toda costa.
Vi por el rabillo del ojo cómo Cristoff se quedaba en silencio, su ceño se frunció con fuerza y su sonrisa desapareció, me observó como si quisiera asegurarse de que había escuchado bien, como si mis palabras hubieran roto cualquier límite de la sensatez.
—¿Retenerla? —repitió, casi en un susurro cargado de sorpresa—, ¿quieres que la rodeemos y que la detengamos como si fuese una fugitiva?, Caspian, ¿estás escuchándote?
Giré la cabeza hacia él, mis ojos lo fulminaron con la intensidad de un rayo,
—Sé exactamente lo que dije, y no lo repetiré, hazlo.
Pero Cristoff no era un hombre que se intimidara fácilmente, no conmigo, él había estado conmigo desde niño, me había visto en mis mejores glorias y en mis peores miserias, era mi confidente y mi hermano elegido, por eso, en lugar de acatar sin más, su voz se llenó de duda y de algo parecido a reproche,
—Caspian, dime la verdad, ¿esa joven… es ella?
El silencio se hizo espeso entre nosotros, los caballos avanzaban majestuosos, el pueblo gritaba mi nombre como si fuera un himno, pero lo único que importaba era esa pregunta que me perforó el pecho. Cerré los ojos un instante, contuve la respiración y luego asentí lentamente, mis labios pronunciaron las palabras que marcarían un antes y un después,
—Sí, Cristoff… es ella, la del bosque, la chica de mis sueños, la que he estado buscando… todo este tiempo.
Él apoyó un codo sobre la ventana del carruaje y se pasó una mano por el cabello con frustración, soltando un resoplido,
—Por los dioses… no lo puedo creer, ¿y estás seguro? ¿No será una ilusión más, una fantasía que te fabricaste con tanto anhelo?
Lo miré con una convicción que no admitía duda, mi voz salió firme, poderosa, como un juramento,
—La se, Cristoff, no estoy delirando, cuando nuestras miradas se encontraron el mundo se detuvo a nuestro alrededor, nada más existía, y ella también lo sintió, porque dijo las mismas palabras que yo, y al mismo tiempo, no era un engaño, era real, tan real como tú y yo... ella jamás fue una ilusión mía.
Cristoff me sostuvo la mirada por un largo instante, su pecho subía y bajaba con el peso de lo que acababa de escuchar, finalmente suspiró y se inclinó hacia mí,
—¿Y qué piensas hacer con ella, Caspian?, ¿encadenarla? ¿Forzarla a quedarse a tu lado como prisionera?, porque eso es lo que ocurrirá si envías soldados, eso es lo que estás ordenando ahora mismo.
Mi corazón dio un vuelco, me dolió escucharlo de esa forma, porque yo jamás querría herirla, jamás querría que me viera como un opresor, y sin embargo, el miedo a perderla era más fuerte que cualquier razonamiento,
—No entiendes, Cristoff —susurré con un brillo febril en mis ojos—, si la dejo ir, si permito que se aleje, quizás nunca más vuelva a verla, quizás todo desaparezca como un espejismo, no puedo correr ese riesgo, esta vez.
Me llevé una mano al pecho, cerrando los dedos con fuerza, casi desgarrándome,
—Ella es mía, Cristoff, desde que la vi lo supe, que sería mía, y no dejaré que nada ni nadie me la arrebate.
Él negó con la cabeza, murmurando algo entre dientes, pero al final me conocía demasiado para seguir discutiendo, sabía que cuando tomaba una decisión con esa intensidad no había fuerza en el mundo capaz de hacerme retroceder, así que apretó los labios y asintió con un gesto resignado.
—Está bien —dijo con voz grave—, haré lo que pides, pero no me pidas que esté de acuerdo, porque no lo estoy, y si esto se sale de control, Caspian, recuerda que yo te lo advertí.
—Hazlo —repetí, con un brillo de satisfacción que apenas pude ocultar.
Él hizo una señal discreta a uno de los jinetes que cabalgaban cerca del carruaje, susurró unas órdenes rápidas que solo el soldado escuchó, y en cuestión de segundos, tres hombres más se adelantaron entre la multitud, perdiéndose entre las calles del pueblo como sombras invisibles.
Mi corazón se aceleró aún más, no de miedo, sino de expectación, porque sabía que mientras yo seguía avanzando en este desfile, mientras sonreía y saludaba con la mano, ellos estarían siguiéndola, rodeando su casa, asegurándose de que no escapara, de que no se desvaneciera en el aire como un recuerdo imposible.
Me incliné hacia el borde del carruaje, observando los rostros emocionados que me miraban como a un salvador, las flores que caían a mis pies, las risas y los cantos, pero en realidad yo solo buscaba un destello verde, solo quería verla una vez más, confirmar que seguía allí, que no había sido un sueño.
Cristoff me miraba en silencio, y aunque no dijo nada más, podía sentir la tormenta que se agitaba en su mente, la duda, el miedo de que estuviera cruzando un límite que no debía, pero yo no podía detenerme, no cuando la tenía tan cerca, no cuando después de tanto tiempo de incertidumbre, al fin podía decir con certeza que ella era real. Mi euforia era tan grande que apenas podía contenerla, era un impulso, una corriente eléctrica que me recorría de pies a cabeza, y dentro de mí solo había una certeza: Aveline ya no era un fantasma de mis sueños, ya no era un recuerdo del bosque, ahora era carne, hueso y alma, y estaba destinada a ser mía.
El aire de la tarde aún cargaba con los ecos del desfile, las voces del pueblo, los aplausos, las risas, y sin embargo mi mente ya no estaba allí, no estaba en la gloria ni en los vítores, estaba en ella, en sus ojos verdes que me habían atravesado como lanzas de fuego. Apenas el desfile terminó, di la señal para desmontar. Los sirvientes corrían de un lado a otro, los nobles murmuraban entre ellos, mi madre y mi hermana aún se encontraban recibiendo elogios de los cortesanos, pero yo no podía quedarme un segundo más en ese lugar, sentía que si me demoraba, ella se desvanecería, escaparía de mis manos.
Me preparaba para montar un caballo cuando escuché la voz de mi madre, suave pero firme, llamándome como si siempre supiera en qué momento debía detenerme.
—Caspian, ¿a dónde crees que vas? —preguntó, su mirada inquisitiva se clavó en mí como si quisiera arrancarme la verdad de los labios.
Respiré hondo, intenté no mostrar la tormenta que llevaba dentro, y respondí con la mayor calma posible.
—Tengo unos asuntos que resolver, madre… hablaremos luego.
Ella me sostuvo la mirada por un instante que se me hizo eterno, y aunque sabía que sospechaba, no insistió. Me inclinó apenas la cabeza con ese gesto frío y regio que siempre la caracterizaba y me dejó marchar.
Espoleé el caballo y avancé guiado por uno de mis soldados de confianza. Cristoff, como era de esperarse, me seguía a corta distancia. Su curiosidad no se disimulaba, lo notaba en la manera en que apretaba las riendas, en la intensidad de su mirada fija sobre mí.
El silencio nos acompañó durante varios minutos, roto solo por el galope de los caballos sobre la tierra. Finalmente, Cristoff no pudo contenerse más.
—¿Vas a decirme qué planeas hacer, Cas? —preguntó, su tono no era de reproche esta vez, sino de sincera intriga—. Porque no me dirás que vamos a cazar conejos en este preciso momento.
Sonreí apenas, con ironía, aunque mis entrañas se retorcían de nervios.
—Ya verás —respondí con voz baja, evitando prolongar la explicación.
El camino se estrechaba a medida que nos acercábamos al bosque, y mi corazón latía tan fuerte que sentía que hasta el caballo podía percibirlo. Mis manos sudaban bajo los guantes, pero mi rostro debía permanecer sereno, seguro, el de un futuro rey que jamás tiembla, aunque por dentro estuviera ardiendo.
Al llegar a la pequeña casa, oculta a unos metros de los árboles, respiré profundamente, contuve la ansiedad que me dominaba y desmonté con toda la calma que pude aparentar. Mi porte debía ser digno, majestuoso, aunque en el fondo quería correr hacia la puerta y arrancarla de cuajo.
Me detuve ante la entrada, y con un leve movimiento de la mano indiqué a Cristoff que tocara por mí. Él suspiró, como resignado a jugar el papel que le tocaba en mi juego arriesgado, y golpeó con firmeza la madera.
El silencio inicial fue interrumpido pronto por el sonido de pasos apresurados dentro, voces que susurraban, jadeos nerviosos. En cuestión de segundos, la puerta se abrió y la escena se desplegó ante mí: un hombre de rostro curtido, una mujer con manos temblorosas, y detrás de ellos un jóven que apenas alcanzaban a entender la magnitud de lo que ocurría.
De inmediato, todos se arrodillaron, y la voz del hombre resonó, quebrada por el miedo y la reverencia.
—Su majestad… —dijo, inclinando la cabeza hasta casi tocar el suelo.
Me mantuve erguido, observando con calma aparente, aunque mis ojos buscaban solo un rostro, el rostro que me había obsesionado, el que me había traído hasta aquí.
—Lamento interrumpir —dije, mi voz grave llenó el pequeño espacio como un decreto—, pero necesito saber si aquí vive una joven… Aveline, es su nombre.
El silencio se quebró con una tensión palpable. El hombre que estaba arrodillado levantó la cabeza apenas, tragando saliva.
—Sí… sí es mi hija —respondió finalmente, con la voz cargada de cautela—. ¿Qué quiere con ella, su majestad?
Pero antes de que pudiera añadir algo más, otro joven a su lado, de semblante desafiante y ojos fieros, habló sin medir las consecuencias.
—¿Qué desea con mi hermana? —espetó con furia, como si mis palabras fueran una ofensa.
El padre le dio un codazo inmediato, como pidiéndole que callara, pero yo no me moví, ni parpadeé siquiera. Sus palabras no me molestaban, no podían hacerlo, porque estaba aquí por ella, porque todo lo demás carecía de importancia.
—Ella estuvo involucrada el día en que fui herido —respondí con franqueza—, y quiero llevarla al palacio.
La reacción fue inmediata. El muchacho se levantó de un salto, hecho un mar de ira.
—¡No van a llevar a mi hermana! —gritó, con los puños apretados como si pudiera enfrentarme.
—¡Edwards, cállate! —vociferó la madre, con voz desgarrada.
Mis soldados reaccionaron de inmediato, avanzaron hacia él y lo sujetaron por los brazos. Edwards se retorcía como fiera enjaulada, sus gritos resonaban con rabia.
—¡Piedad! —clamaba—. ¡Lléveme a mí si quiere, pero no a ella!
Yo lo miré con indiferencia, no porque no sintiera nada, sino porque no podía permitir que la emoción dominara mi semblante. Pero antes de que pudiera pronunciar palabra, Cristoff levantó la voz, su tono seco y autoritario.
—¡Denle una lección a este insolente! —ordenó a los soldados, su paciencia agotada.
Edwards fue empujado contra la pared, los puños alzados de los hombres se preparaban para descargar su furia sobre él. Todo parecía desbordarse, hasta que un grito suave, quebrado, me atravesó como una daga.
—¡No! ¡Deténganse, por favor!
Mi corazón se detuvo. Era ella. Aveline apareció corriendo desde el interior, su vestido verde ondeando con el movimiento, sus ojos bañados en lágrimas. Se arrojó de rodillas frente a mí, extendiendo los brazos hacia su hermano como escudo humano, y gritó con voz desesperada.
—¡Por favor, se lo ruego! ¡No le hagan daño! ¡No lo soportaré!
Su llanto era desgarrador, su cuerpo temblaba entero, y en ese instante sentí que el aire me abandonaba los pulmones. Verla así, tan vulnerable, tan rota, me dolía como jamás algo me había dolido. ¿Cómo podía ser yo el causante de ese sufrimiento?
Mis soldados se detuvieron, confundidos por la súplica. Cristoff frunció el ceño, pero yo levanté la mano en señal de orden.
—Basta —dije con voz grave.
El silencio llenó la habitación, solo los sollozos de Aveline rompían la quietud. La observé y estaba arrodillada, rogando por la vida de su hermano, y mi corazón ardió de un modo insoportable. No podía sostener más la mirada, no podía soportar ser el monstruo que arrancaba lágrimas de esos ojos.
Giré sobre mis talones y salí de la casa, el aire fresco de la tarde golpeó mi rostro como un castigo. Mi pecho subía y bajaba, ahogado por una mezcla de culpa y deseo, por una batalla interna que me desgarraba.
Cristoff me siguió de inmediato, su rostro serio y preocupado.
—¿Qué harás? —preguntó, con cautela.
No respondí. Mis ojos miraban hacia el suelo, tratando de reprimir el torbellino dentro de mí. Finalmente hablé, con voz áspera, cargada de dolor.
—Encárgate de que la lleven al palacio y que la dejen en un aposento cerca del mío, que esté bien atendida.
Cristoff abrió los ojos con sorpresa, pero no replicó. Dio la señal y mis soldados se movieron. Dentro de la casa, los gritos de Aveline y su familia resonaron como un tormento.
—¡No, por favor! ¡No la lleven de aquí! ¡No la alejen de nosotros!
—Madre... Padre, Edwards, Doris... no se preocupen.
Las súplicas eran como cuchillos en mi espalda. La escuchaba llorar, gemir de desesperación, y cada sonido me arrancaba un pedazo del alma. Sentí que mis manos temblaban, que la corona que algún día debía portar se manchaba con el peso de esa decisión.
Me alejé a paso rápido, como si huir de ese lugar pudiera alejarme también de la culpa. Pero sabía que no había escapatoria, sabía que había cruzado un umbral y que ya nada volvería a ser igual.