Caspian II
La mañana es como tantas otras, el abrir los ojos se ha hecho una tarea difícil, el aire en mis pulmones parece pesado porque lo primero que me viene a la mente es la voz de mi madre y lo que hoy tendrá para decirme, ella nunca descansa, cada día encuentra una nueva forma de recordarme que "debo casarme", que "debo actuar como rey", que "debo comportarme como el heredero que soy", y sí, la amo, es mi madre, pero me vuelve completamente loco, y me consume, me arrastra como si todavía fuese un niño incapaz de decidir por sí mismo, se supone que estoy destinado a gobernar, pero a veces pienso que no puedo ni gobernar mi propia vida bajo su mirada.
Pienso en mi madre y un nudo se forma en mi pecho, no siempre fue así, antes, cuando mi padre vivía, ella sonreía, se mostraba como una mujer fuerte y al mismo tiempo dulce, la veía caminar junto a él y sentía orgullo, era una reina amada por todos, la mujer que daba paz al reino, pero todo cambió con su partida, mi padre se fue y con él se apagó algo en ella, desde entonces nos sobreprotege, a mí y a mi hermana Janell, con una intensidad que se siente como cadenas, no podemos salir sin dar explicaciones, y cuando me atrevo a escapar hacia los bosques de cacería, su miedo se vuelve insoportable, sufre como si la muerte rondara cada vez que yo no estoy a su lado, y aunque lo entiendo, porque soy su único hijo varón, el heredero del trono, también me ahoga, me quita el aire, me hace desear gritar que no soy un prisionero.
Y en medio de esa presión aparece Jeremy, ese mal nacido que carga mi sangre pero no mi respeto, mi primo, el hijo de mi tío Conrad, y que cree tener derecho a lo que me pertenece, él repite cada palabra que su padre le susurra, ideas envenenadas que han crecido desde la muerte de mi padre, creen que soy débil, creen que no cumplo con mis obligaciones, y cada vez que lo escucho, la rabia me quema por dentro, porque lo que menos me importa es su opinión, pero lo que temo es que sus susurros algún día encuentren oídos receptivos en la corte, y eso podría convertirse en una amenaza real para mí, para el trono, para todo lo que mi padre dejó.
Camino por mi habitación, las paredes cubiertas con tapices que muestran escenas de guerra y gloria, recordatorios constantes de lo que se espera de mí, me miro en el espejo de bronce y veo un hombre fuerte, mi cuerpo está forjado en años de entrenamiento, mis brazos musculosos, mi postura erguida, mis ojos azules que parecen desafiar a cualquiera que se atreva a sostenerlos, sé que soy atractivo, lo escuchó de labios de las doncellas, lo siento en la forma en que las jóvenes nobles me miran cuando cruzó el salón, pero ¿de qué sirve todo eso si ninguna de ellas despierta en mí lo que busco?, ¿acaso está mal desear amor?, ¿acaso es una debilidad anhelar a una mujer que haga temblar mis cimientos, que me haga olvidar por un instante el peso de la corona?
—Alteza —la voz de mi criado me saca de mis pensamientos, golpea la puerta suavemente antes de entrar—, la reina madre ha pedido verle en la sala del consejo, dice que es urgente.
Respiro hondo, mi pecho se llena de una molestia que intentó contener, claro que es urgente, siempre lo es, siempre hay una razón para apresurarme, para sentarme frente a ella y escuchar sermones que ya conozco de memoria, aún así asiento con un gesto y me visto con la túnica azul real, la que lleva el emblema de los Veyrahn bordado en hilo de plata, tomo mi espada, no porque la necesite, sino porque me recuerda quién soy, el futuro rey de Eryndor.
Al salir de mis aposentos encuentro a Cristoff esperándome en el pasillo, su cabello rubio brilla con la luz de la mañana, sus ojos ámbar me observan con esa mezcla de complicidad y firmeza que solo él puede mostrarme, cruza los brazos y sonríe con ironía.
—Otra audiencia con la reina madre, ¿verdad? —me dice en voz baja, inclinándose apenas como marca el protocolo, aunque ambos sabemos que lo hace más por costumbre que por respeto.
—Así es —respondo con un suspiro—, seguro hoy tiene una nueva lista de candidatas, o una nueva idea absurda sobre lo que debería hacer con mi vida.
Cristoff suelta una risa contenida, pero enseguida se pone serio.
—No la subestimes, Caspian, tu madre es astuta, y aunque te irrite, todo lo hace porque teme perderte, ella vio morir a tu padre, y cree que puede evitar que la historia se repita, incluso si eso significa sofocarte.
Lo miro de reojo mientras caminamos hacia el salón del consejo, su amistad siempre ha sido mi ancla, él conoce mis pensamientos más oscuros, incluso los que jamás me atrevería a confesar en voz alta.
—¿Y qué hay de mí, Cristoff?, ¿quién piensa en lo que yo quiero?, ¿quién entiende que no me casaré con una extraña solo porque el reino lo dicte?, ¿qué clase de vida sería esa?, me niego a convertirme en un hombre vacío rodeado de mujeres que no me dicen nada, quiero amor, ¿es tan descabellado pedir eso?
Cristoff aprieta la mandíbula, como si buscara las palabras correctas, pero al final me da una palmada en el hombro.
—No, no lo es, pero recuerda que el amor y el trono rara vez se llevan de la mano, deberás decidir cuál pesa más en tu corazón, y ese día cambiará todo.
Sus palabras me dejan pensativo mientras entramos al salón, las puertas de madera tallada se abren y la veo, mi madre, la reina viuda Celian, sentada en la mesa redonda que esta ubicada en el centro del salon, erguida, con el porte de una mujer que no ha perdido ni un ápice de autoridad pese a los años, su cabello n***o ahora salpicado de canas, sus ojos grises fijos en mí con una intensidad que me atraviesa como dagas, Janell está a su lado, mi hermana pequeña, me sonríe tímidamente, como si quisiera aliviar la tensión, pero la sombra de mi madre eclipsa cualquier intento.
—Caspian —dice ella con voz firme, sin una pizca de ternura—, siéntate, debemos hablar.
Me acerco despacio, cada paso retumba en el suelo como si fuera un juicio, me siento frente a ella, mantengo la mirada, no le daré el gusto de verme inseguro.
—¿De qué se trata esta vez, madre? —preguntó con calma, aunque por dentro hiervo.
Ella entrelaza las manos y me observa como si fuera un soldado a punto de ser reprendido.
—He recibido nuevas propuestas de matrimonio, hijas de nobles poderosos, alianzas que garantizarían la estabilidad de Eryndor, y tú sigues rechazándolas todas, no puedes seguir postergando lo inevitable, tu deber es claro.
Siento cómo la rabia sube por mi garganta, pero contengo mis palabras, la dejo continuar.
—Y no solo eso —añade con dureza—, he tomado la decisión de mantener en tu harén a las tres doncellas que seleccioné, son vírgenes, hermosas, dignas de ti, un hombre bien atendido piensa con claridad, y si no te decides pronto, serán ellas quienes te den lo que necesitas.
Golpeó la mesa con fuerza, el sonido resuena en toda la sala, Janell se sobresalta, Cristoff da un paso al frente como si estuviera listo para intervenir, mis ojos arden cuando fijo mi mirada en los de mi madre.
—¡No soy un animal al que se le arroja carne para calmarlo! —grito, mi voz retumba en las paredes—, no quiero concubinas, no quiero un matrimonio vacío, yo quiero amar, ¿acaso no lo entiendes, madre?, ¿acaso olvidaste lo que tú misma sentiste por padre?, ¿quieres condenarme a una vida donde mi corazón esté muerto mientras el reino prospere?
Celian no se inmuta, mantiene la mirada fría, como si mis palabras no fueran más que caprichos de un joven testarudo.
—Tu deber está por encima de tus deseos, Caspian, un rey no ama, gobierna y protege, asegura el futuro de su pueblo, eso es lo que debes hacer, y lo harás, aunque me odies por ello.
Me pongo de pie, mi respiración es agitada, mi cuerpo entero tiembla de rabia y frustración, veo a Janell y sus ojos están llenos de lágrimas contenidas, me volteo y miro a Cristoff, y su ceño fruncido me dice que debo calmarme, pero ¿cómo hacerlo cuando siento que me arrancan el alma?, cierro los puños con fuerza y me obligo a no gritar más, mi voz sale baja, cargada de dolor.
—No soy tu prisionero, madre, soy tu hijo, y algún día seré tu rey, pero seré un rey a mi manera, con mis reglas, con mi corazón, y nada, ni nadie, ni siquiera tú, ni Jeremy, ni el reino entero podrán arrebatarme eso.
Doy media vuelta y salgo del salón sin esperar respuesta, mis pasos resonando como martillazos, Cristoff me sigue en silencio, mi pecho arde, mi mente es un torbellino, y mientras avanzo por los pasillos del castillo, lo único que puedo pensar es que mi vida se ha convertido en un campo de batalla, donde la mayor guerra no es contra ejércitos extranjeros, sino contra mi propia sangre.
Salí de la sala con el corazón ardiendo de rabia y la respiración agitada. El eco de las palabras de mi madre aún retumbaba en mi mente como martillazos incesantes. Sus decisiones, sus planes, su empeño en atarme a un destino que todavía no estoy seguro de querer… todo me asfixiaba. Sentía que las paredes del castillo se cerraban sobre mí, que el peso del trono me hundía los hombros antes siquiera de tenerlo. Caminé rápido por el pasillo, queriendo dejar atrás las voces, los rostros, incluso a mi madre, que había sido siempre mi guía y ahora parecía mi carcelera.
Cerré los puños, conteniendo la necesidad de gritar. ¿Por qué no podía verme como lo que soy? Un hombre que necesita tiempo, que necesita equivocarse y aprender, no solo un heredero, no solo un peón en sus planes políticos.
—¡Alteza! —la voz firme y clara de Cristoff me alcanzó desde atrás. Escuché el sonido de sus botas contra el mármol acelerándose hasta emparejar mi paso.
Giré el rostro apenas, sin detenerme. Él, como siempre, mantenía la calma que yo había perdido, ese contraste a veces me irritaba, otras me tranquilizaba. Hoy… no estaba seguro.
—No tienes por qué seguirme —mascullé entre dientes.
—Claro que sí —respondió con naturalidad, como si la rabia que yo cargaba no existiera—. Mi deber es estar a tu lado, incluso cuando te ahogas en tus propios pensamientos, soy tu mejor amigo después de todo... ¿no?
Solté una risa seca, casi amarga.
—Mmm ¿Acaso no puedes dejarme solo ni un instante?
—No —dijo con simpleza. Luego, tras un silencio breve, agregó— Ven conmigo, vamos a la cocina, necesitas desayunar, despejar tu mente antes de que la rabia te consuma por completo.
Lo miré de reojo y mi primer impulso fue rechazarlo, decirle que se apartara de mi, que yo no quería compañía. Pero algo en su tono, en esa seguridad tan propia de él, me hizo detener el paso. Tenía razón, aunque me doliera admitirlo, el enojo se mezclaba con el hambre y el cansancio. Suspiré con fuerza.
—Está bien, vamos.
Cristoff asintió y me guió por un corredor lateral que conducía a la cocina. A esa hora, las sirvientas estaban ya ocupadas, preparando platos y ordenando la mesa para el personal del castillo. Cuando entramos, el murmullo se quebró como un vidrio golpeado por una piedra. Todas las miradas cayeron sobre mí.
Pude sentir sus miradas. No eran miradas de respeto ni de devoción… eran miradas cargadas de un deseo que no se molestaban en ocultar. Sus ojos brillaban, y sus sonrisas apenas contenidas. Las escuché cuchichear entre ellas, palabras susurradas que no necesitaban ser claras para entender su intención. Y yo, estando tan cansado de lo mismo, apenas les dediqué una mueca, no tenía ni tiempo ni interés en esas distracciones.
Me senté en una de las mesas y dejé que trajeran pan, queso, frutas y un jarro de leche fresca. Comí en silencio, ignorando las risas, y las miradas que se posaban sobre mis manos, sobre mis labios, como si buscaran imaginar algo más allá de lo permitido. Cristoff se sentó frente a mí, vigilante como siempre. Cuando terminé el último bocado, habló.
—Ahora que has llenado tu estómago, es momento de vaciar tu rabia. Vamos al campo, te propongo un entrenamiento, espada y cuerpo a cuerpo. Nada mejor que eso para quitarse todo el peso de encima.
Lo miré fijamente y mi respiración aún era densa, pero poco a poco la furia se transformaba en otra cosa: una chispa de expectación. El entrenamiento siempre había sido mi refugio, mi válvula de escape. La idea de enfrentar a Cristoff, de medir mi fuerza contra la suya, me devolvía un aire que creía perdido.
—De acuerdo —dije al fin, con una media sonrisa torcida—. Te advierto que hoy no pienso contenerme.
—Eso espero —respondió él, con un brillo en los ojos que delataba cierta satisfacción.
Nos levantamos y salimos rumbo al campo de entrenamiento. El aire fresco golpeó mi rostro como un balde de agua fría, despejando parte del enojo que todavía ardía en mi pecho, los guardias se apartaron a nuestro paso, inclinando la cabeza en señal de respeto. Al llegar, tomamos las espadas de práctica y sentí el peso familiar de la hoja en mis manos, el cuero de la empuñadura encajando en mis palmas como un viejo amigo, Cristoff se puso en guardia.
—Cuando quieras, su alteza.
No lo dudé, ataqué de inmediato, descargando un golpe con toda la fuerza de mi frustración. El choque del acero contra el suyo resonó en el aire, vibrando en mis brazos.
—¡Más fuerte! —me retó, empujándome hacia atrás con facilidad.
Gruñí y avancé otra vez, mis movimientos eran rápido y feroz, pero no tan precisos como deberían. La rabia me hacía perder técnica, y él lo sabía.
—Estás peleando con tu rabia, y no con la cabeza —dijo mientras desviaba otro de mis ataques.
—¡Cállate! —grité, girando sobre mí mismo para lanzar una estocada.
Cristoff la esquivó por poco, y por primera vez lo vi retroceder un paso. Eso me dio un extraño impulso de orgullo, seguimos, golpe tras golpe, choque tras choque. El sudor me corría por la frente, la respiración se me hacía cada vez más pesada, pero no me detenía. Cada vez que alzaba la espada, descargaba en ella el peso de mi madre, de su mirada exigente, de sus decisiones impuestas, él sonrió apenas, como si disfrutara verme liberar todo aquello.
—Así me gusta, saca todo lo que llevas dentro.
Lo ataqué con más furia, pero él respondió con igual destreza. En un descuido, me golpeó en el hombro con la empuñadura, haciéndome retroceder con un gruñido.
—¿Es eso todo lo que tienes? —me desafió.
Mi orgullo no me permitió rendirme. Lancé la espada a un lado y me lancé sobre él con las manos desnudas. Nos fuimos al suelo, rodando sobre la tierra, intercambiando golpes y llaves. El campo resonaba con nuestros gruñidos, con el sonido sordo de los cuerpos chocando contra el piso.
Sentí el ardor en mis brazos, en mis costillas, pero también una liberación que me quemaba por dentro. En medio del forcejeo, jadeando, solté lo que había estado reprimiendo:
—Estoy cansado, Cristoff… es demasiada presión. No soy solo un príncipe, también soy un hombre. Y ahora quieren que me case, que entregue mi vida a un deber que apenas comienzo a comprender.
Cristoff me sujetó, inmovilizándome por un momento. Sus ojos, serios y firmes, me atravesaron como un filo.
—Ese es tu destino, Alteza… claro que puedes cansarte, puedes dudar, y puedes enojarte. Pero no puedes huir de esto. El reino depende de ti y el deber te llama.
Me zafé de su agarre con un movimiento brusco y lo empujé al suelo, respirando con dificultad. Lo miré desde arriba, con el pecho agitado.
—Lo sé. —Mis palabras salieron como un susurro ronco, cargado de verdad—. Lo sé, Cristoff, se que es el deber llamándome y no debo luchar contra él. Pero necesito tiempo, debo ordenar mis ideas, encontrar en qué lugar estoy parado antes de tomar cualquier decisión.
Cristoff se incorporó lentamente, limpiándose el sudor del rostro.
—El tiempo no siempre estará de tu lado, Alteza... pero te entiendo, aun eres joven, y ya cargas con un peso que pocos podrían soportar.
Me dejé caer sobre la hierba, agotado, con la espada a un lado. El cielo azul se extendía sobre mí, indiferente a mis tormentas internas. Cerré los ojos un momento y sentí cómo la respiración volvía poco a poco a un ritmo normal.
—Tomaré una decisión —dije, casi para mí mismo—. Lo haré, porque debo hacerlo. El reino depende de ello, pero no hoy… hoy necesito solo respirar.
Cristoff se sentó a mi lado, en silencio, no necesitaba decir nada más, su presencia era suficiente. Y ahí, en el campo, entre el sudor, el cansancio y la tierra manchada por nuestra lucha, sentí que por un instante el mundo se detenía. No era el príncipe, no era el heredero, no era el hijo de la reina. Solo era yo, un hombre luchando contra sí mismo, buscando la fuerza para soportar el peso de la corona que un día tendría que llevar.