4 NICK

1667 Words
La expresión de su cara al ver que su vaso estaba vacío superó cualquier vestigio de enfado o irritación que hubiera estado conteniendo desde que nos habíamos sentado a aquella mesa. Aquella chica era de lo más imprevisible. Me sorprendía la facilidad con la que perdía los papeles y también me gustaba saber el efecto que podía causar en ella con unas simples palabras. Sus mejillas punteadas por pequeñas pecas setiñeron de un color rosado cuando se dio cuenta de que había hecho el ridículo. Sus ojos fueron del vaso vacío a mí y luego miraron hacia ambos lados, como queriendo comprobar que nadie había observado lo estúpida que había sido. Dejando a un lado lo cómico de la situación —lo era, y mucho—, no podía permitir que se comportara de aquella forma conmigo. ¿Y si el vaso hubiera estado lleno? No pensaba permitir que una mocosa de diecisiete años pudiera siquiera pensar en tirarme un vaso de agua a la cara... Aquella estúpida niña se iba enterar de con qué hermano mayor había tenido la suerte de acabar conviviendo. Ella solita iba a ir comprendiendo en qué clase de problema se iba a meter si intentaba jugármela otra vez. Me incliné sobre la mesa con la mejor de mis sonrisas. Sus ojos se abrieron y me observaron con cautela y disfruté al ver cierto temor escondido entre aquellas largas pestañas. —No vuelvas a hacerlo —le advertí con calma. Ella me miró unos instantes y luego, como si nada, se volvió hacia su madre. La velada continuó sin ningún otro incidente; Noah no me dirigió de nuevo la palabra, ni siquiera me miró, cosa que me molestó y complació al mismo tiempo. Mientras ella contestaba a las preguntas de mi padre y hablaba sin mucho entusiasmo con su madre yo aproveché para observarla. Era una chica de lo más simple, aunque intuía que me iba a causar más de un inconveniente. Me hicieron mucha gracia las caras que había ido poniendo a medida que probaba el marisco servido en la mesa. Apenas probó más de un bocado de lo que nos habían traído y eso me hizo pensar en lo delgada que parecía embutida en aquel vestido n***o. Me había quedado pasmado cuando la había visto salir de su habitación, y mi mente había hecho un repaso exhaustivo de sus largas piernas, su cintura estrecha y sus pechos. Estaba bastante bien teniendo en cuenta que no estaba operada como la mayoría de las chicas de California. Tuve que admitir que era más guapa de lo que me pareció en un principio y fue ese hecho y los pensamientos subidos de tono los que hicieron que mi humor se ensombreciera. No podía distraerme con algo así, y menos si íbamos a vivir bajo el mismo techo. Mi mirada se dirigió a su rostro otra vez. No llevaba ni una gota de maquillaje. Era tan extraño... Todas las chicas que conocía se pasaban por lo menos una hora en sus habitaciones dedicándose únicamente al maquillaje, incluso chicas que eran diez mil veces más guapas que Noah, y ahí estaba ella, sin ningún reparo en ir a un restaurante de lujo sin una pizca de pintalabios. Tampoco es que le hiciese falta: tenía la suerte de tener una piel bonita y tersa sin apenas imperfecciones; eso sin contar sus pecas, que le daban aquel aire aniñado que me hacía recordar que ni siquiera había terminado el instituto. Entonces, y sin darme cuenta, Noah se volvió para mirarme enfadada, pillándome mientras la observaba detenidamente. —¿Quieres una foto? —me preguntó con aquel humor ácido tan suyo. —Si es sin ropa, por supuesto —respondí disfrutando del leve rubor que brotó en sus mejillas. Sus ojos brillaron enfadados y volvió de nuevo hacia nuestros padres, que ni se enteraban de las pequeñas disputas que estaban teniendo lugar a solo medio metro de ellos. Cuando me llevé mi copa de refresco a los labios mis ojos se fijaron en la camarera que me observaba desde su posición detrás de la barra. Miré a mi padre de reojo un momento y luego me levanté excusándome para ir al servicio. Noah volvió a observarme con interés, pero apenas le presté atención. Tenía una cosa importante entre manos. Caminé con decisión hacia la barra y me senté en el taburete frente a Claudia, una camarera con la que me acostaba de vez en cuando y con cuyo primo tenía una relación algo más complicada pero a la vez beneficiosa. Claudia me observó con una sonrisa tensa al mismo tiempo que se apoyaba en la barra y me ofrecía una visión bastante limitada de sus pechos, ya que el uniforme que le hacían llevar no dejaba ver mucho. —Veo que ya te has buscado a otra chica para pasar el rato —me dijo refiriéndose a Noah. Me hizo gracia. —Es mi hermanastra —le expliqué al mismo tiempo que miraba la hora en mi reloj de pulsera. Había quedado con Anna al cabo de cuarenta minutos. Volví a fijar mis ojos en la chica morena que tenía delante y que me observaba con asombro—. No sé por qué te importa —agregué poniéndome de pie—. Dile a Ronnie que lo espero esta noche en los muelles, en la fiesta de Kyle. Claudia tensó la mandíbula seguramente molesta por la escasa atención que estaba recibiendo. No comprendía por qué las tías esperaban una relación seria de un chico como yo. ¿Acaso no les había advertido de que no quería ningún tipo de compromiso? ¿No les quedaba lo suficientemente claro al ver que me acostaba con quien me daba la gana? ¿Por qué pensaban que podían tener algo que me hiciese cambiar? Había dejado de acostarme con Claudia justamente por todos esos motivos y ella aún no me lo había perdonado. —¿Vas a la fiesta? —me preguntó con un atisbo de esperanza en su mirada. —Claro —le contesté—. Iré con Anna... ¡Ah! y una cosa —agregué ignorando su enfado antes de regresar a mi mesa—: intenta disimular mejor que me conoces, mi hermanastra ya se ha dado cuenta de que nos hemos acostado y no me gustaría que mi padre también lo supiera. Claudia juntó los labios con fuerza y me dio la espalda sin decirme nada más. Llegué a la mesa justo cuando traían el postre. Después de unos diez minutos en los que la conversación recaía casi totalmente en mi padre y su nueva mujer, creí que ya había cumplido suficiente con el papel de hijo por un día. —Lo siento, pero voy a tener que irme —me disculpé mirando a mi padre, que me observó con el ceño fruncido por un momento. —¿A casa de Miles? —dijo y asentí evitando mirar el reloj—. ¿Cómo vais con el caso? Me esforcé por no soltar un bufido de resignación y mentí lo mejor que pude. —Su padre nos ha dejado a cargo de todo el papeleo, supongo que de aquí a que tengamos un caso de verdad y para nosotros solos, van a tener que pasar años... —le contesté consciente de repente de que Noah me observaba fijamente y con interés. —¿Qué estás estudiando? —me preguntó y al volverme hacia ella vi cierto desconcierto en su mirada. La había sorprendido. —Derecho —respondí y disfruté al ver el asombro en su semblante—. ¿Te sorprende? —la interrogué arrinconándola y disfrutando de ello. Ella cambió su actitud y me miró con altanería. —Pues sí, la verdad —admitió sin problema—. Creía que para estudiar esa carrera había que tener algo de cerebro. —¡Noah! —gritó su madre desde su asiento. Aquella mocosa estaba comenzando a tocarme las narices. Antes de que pudiera decir nada mi padre saltó. —Vosotros dos no habéis empezado con buen pie —sentenció fulminándome con la mirada. Tuve que contener las ganas de levantarme y salir sin dar explicaciones. Ya había tenido bastante del numerito de la familia feliz por un día; necesitaba largarme ya y dejar de fingir algún tipo de interés en toda aquella mierda. —Lo siento, pero tengo que irme —declaré levantándome y dejando la servilleta sobre la mesa. No pensaba perder los nervios delante de mi padre. Entonces Noah se levantó también, solo que de una manera nada elegante, y tiró de malas formas su servilleta sobre la mesa. —Si él se va, yo también —afirmó clavando unos ojos desafiantes en su madre, que comenzó a mirar hacia ambos lados con bochorno y enfado. —Siéntate ahora mismo —le ordenó entre dientes. Joder, no podía perder el tiempo con esas chorradas. Tenía que irme ya. —Yo la llevo —terminé diciendo para asombro de todos, incluida Noah. Sus ojos me observaron con incredulidad y recelo, como si ocultara mis verdaderas intenciones. La verdadera razón era que no veía la hora de perderla de vista, y si llevándola a casa me la sacaba a ella y a mi padre de encima, pues mejor que mejor. —Yo contigo no voy ni a la esquina —me soltó muy orgullosa, masticando cada una de las palabras. Antes que nadie pudiera decir nada, cogí mi chaqueta y mientras me la ponía les dije a todos en general: —No estoy para tonterías de colegio, os veo mañana. —Nicholas, espera —me ordenó mi padre obligándome a volverme otra vez—. Noah, ve con él y descansa, nosotros iremos en un rato. Miré fijamente a mi nueva hermana, que parecía debatirse entre compartir el espacio conmigo o permanecer más tiempo sentada a la mesa. Ella miró a su alrededor un momento, suspiró y luego me fulminó con la mirada. —Está bien, iré contigo.
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