5 NOAH (Parte 2)

921 Words
Por un instante se quedó desconcertado, como si no entendiera lo que había pasado, ni quién era yo ni por qué le había pegado. Pero eso solo duró unos segundos, ya que la expresión que apareció en su rostro y su cuerpo me dejaron clavada en el lugar. Todos los que había en la habitación formaron un corrillo a nuestro alrededor y un silencio sepulcral se adueñó de todos los presentes, ahora atentos a nosotros. —¿Qué coño haces aquí? —inquirió con tal desconcierto y rabia contenida que temí por mí vida. ¡Joder! Si las miradas matasen, yo ya estaría muerta, sepultada y enterrada. —¿Te sorprende que haya llegado aquí a pie? —le pregunté intentando que no me intimidara con su postura, su altura y aquellos músculos aterradores—. Eres un mierda, ¿lo sabías? Nicholas soltó una carcajada seca y controlada. —No tienes ni idea de en dónde te estás metiendo, Noah —masculló dando Un paso hacia mí y colocándose tan cerca que pude sentir el calor que irradiaba su cuerpo—. Puede que en mi casa seamos hermanastros — prosiguió tan bajo que solo yo pude escucharlo—, pero fuera de esas cuatro paredes todo lo que ves me pertenece y no pienso aguantar ninguna de tus gilipolleces. Clavé mis ojos en él aguantándole la mirada: no pensaba dejar que viera lo mucho que sus palabras y su comportamiento me atemorizaban. Ya había tenido violencia para toda una vida, no pensaba aguantar ni un poco más. —Vete a la mierda —le solté, y me di la vuelta con el propósito de largarme de allí de inmediato. Una mano me cogió del brazo y tiró de mí sin dejarme dar un paso más—. Suéltame —le ordené volviendo la cabeza para que comprendiera lo muy en serio que iban mis palabras. Él sonrió y miró a todos los que nos rodeaban. Luego volvió a fijar sus ojos en los míos. —¿Con quién has venido? —preguntó mirándome solo a mí. Tragué saliva sin ninguna intención de contestarle. —¡¿Quién te ha traído?! —me gritó, haciéndome pegar un salto. Aquello fue la gota que colmó el vaso. —¡Suéltame, hijo de…! —comencé a gritar pero no sirvió de nada: me sujetaba tan fuerte que me hacía daño. Entonces uno de los que estaba allí, habló. —Yo sé quién ha sido —dijo un tío gordo y con una piel en la que no había sitio para más tatuajes—. Zack Rogers ha entrado con ella. —Tráelo —ordenó simplemente. Mi hermanastro se estaba comportando como un perfecto delincuente y me estaba dando miedo de verdad. De repente me arrepentí profundamente de haberle pegado, no es que no se lo mereciera pero era como si se lo hubiese hecho al mismísimo diablo. Dos minutos después Zack apareció en la cocina y le abrieron paso para dejarle entrar en el círculo que había a nuestro alrededor. Me miraba como si le hubiera traicionado o algo parecido. ¿Qué demonios le pasaba aquella gente? —¿Tú la has traído aquí? —le preguntó mi hermanastro con calma. Zack vaciló unos instantes, pero finalmente asintió con la cabeza. Le mantuvo la mirada a Nicholas, pero pude ver que le temía. Tan rápido que apenas fui consciente de que ocurría, Nicholas le propinó un puñetazo en la barriga que hizo que Zack se encorvara del dolor. Pegué un grito de horror, temiendo por él, y sintiendo aquel dolor en el pecho que siempre aparecía cuando presenciaba algún tipo de violencia. Mi corazón se encogió y tuve que controlarme para no salir corriendo de allí. —No vuelvas a hacerlo —le advirtió Nicholas con voz pausada y en calma. Después se volvió hacia mí, me cogió del brazo y comenzó a llevarme hacia la salida. No tenía fuerzas ni para protestar. Llegamos a la puerta y entonces él se detuvo. Cogió su teléfono móvil de su bolsillo, maldijo entre dientes y contestó a quienquiera que estuviera llamando. —Espérame aquí —me ordenó con seriedad y buscó un lugar apartado del ruido de la gente y de la música. Desde donde estaba, más allá de los escalones de entrada a la casa, podía verme perfectamente, así que más me valía quedarme allí quieta. —¿Te encuentras bien? —me preguntó un tío que había por allí. —La verdad es que no —respondí sintiéndome realmente mal. Me apoyé sobre la ventanilla sin poder evitar que ciertos recuerdos que tenía bien enterrados en el fondo de mi mente resurgieran para atormentarme justo en aquel instante—. Creo que me estoy mareando. —Toma, bebe algo —me dijo el chico tendiéndome un vaso. Lo cogí sin siquiera detenerme a ver lo que era. Tenía la garganta tan seca que cualquier cosa me vendría bien. Después de haberme tragado todo el contenido abrí los ojos. Vi cómo Nicholas subía los escalones furiosamente. —¡¿Qué coño haces?! —me gritó para después arrancarme el vaso de la mano. Fui a replicar, pero Nicholas ni siquiera me miraba a mí: se volvió furioso hacia el tío que me lo había dado y lo cogió por la camiseta hasta casi levantarlo del suelo. —¿Qué coño le has echado? —le preguntó zarandeándolo con fuerza. Yo miré mi vaso alarmada y con cara de horror. «¡Mierda!»
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