Mía Han sido meses duros. Meses en los que la vida de Isabella ha pendido de un hilo, y yo he estado allí, sosteniéndola con todo lo que tengo, como médico… y como mujer. Porque ya no soy solo su doctora. Ella me permitió entrar en su mundo, en su caos, y sin quererlo, me he aferrado a ella como si su destino también fuera el mío. Estábamos sentadas en la sala, el sol filtrándose apenas por la ventana, cuando la escuché susurrar mi nombre. Me giré hacia ella, sintiendo en la piel esa electricidad que anticipa lo inevitable. —Mía... —dijo con voz temblorosa— yo no tengo a nadie. No tengo madre, ni padre, ni siquiera un apellido que me abrace sin lastimarme. Si algo me pasa... necesito que cuides a mi bebé. Que seas tú quien la proteja cuando yo ya no pueda hacerlo. Mi corazón se encogió

