Acepto

704 Words
Fui a cenar con César esa noche, como cada jueves. Nos conocimos en la universidad, cuando él fue asignado como mi tutor de investigación. Tiene seis años más que yo, cabello oscuro, ojos negros profundos y esa barba corta que le da un aire intelectual. Siempre fue guapo, seguro de sí mismo, de esos hombres que saben usar las palabras a su favor. Pero últimamente, algo en él me incomodaba. Elegí un vestido elegante pero discreto. Nada que hiciera ruido. Fuimos al restaurante de siempre, un rincón italiano con luces cálidas y jazz suave de fondo. Ordenamos lo habitual. Pero la conversación tomó ese giro predecible. Uno que venía sintiéndose desde hacía tiempo. —¿Y tu padre? ¿Cómo está Max? —preguntó entre bocado y bocado, con una naturalidad fingida. Levanté la vista del plato. —Bien. Como siempre —respondí seca. —¿Aún se rehúsa a saludarme cuando me ve? Rodé los ojos. —No te odia. Solo… no te soporta. César soltó una carcajada forzada. —Eso es casi lo mismo. Aunque no me sorprende. Él quiere controlar todo lo que tocas, incluso a ti. —Es mi padre, César. No se fía de cualquiera. Él dejó la copa sobre la mesa con suavidad. —Claro. Pero ya es hora de que vea que no soy “cualquiera”, Mía. He demostrado quién soy, lo que valgo. Lo que tengo para ofrecer. —¿Te refieres a ti... o a tu proyecto? —pregunté con frialdad, antes de poder detenerme. El silencio se estiró como una cuerda tensa. —Mía… —dijo, con voz más baja—. Esto no es solo por mí. Es una oportunidad real. Tu padre tiene una empresa gigante, recursos, conexiones. Y tú sabes que mi fórmula puede funcionar. El sistema que estoy desarrollando para acelerar la fusión proteica en células sintéticas podría cambiar la industria. Pero necesito apoyo. Un socio. Y Max puede ser ese socio. —No va a invertir. Ya lo discutieron una vez, ¿recuerdas? Él cree que tu propuesta no tiene base suficiente. César apretó la mandíbula. —Él me odia porque no vengo de una familia con millones. Porque no soy “uno de los suyos”. Pero tú y yo sabemos que eso no significa nada. Lo que vale es la ciencia. César volvió a mirar su copa, fingiendo tranquilidad, pero sus dedos jugaban nerviosos con la servilleta. El silencio entre nosotros se volvió espeso, incómodo. Yo suspiré, intentando suavizarlo todo. —César… —dije despacio, buscando sus ojos—. Yo te amo. De verdad. Y no me importa lo que diga mi padre. No necesito su aprobación para elegir con quién quiero estar. Se puso de pie lentamente, y aunque varias personas se giraron a mirar, él se arrodilló frente a mí, con una sonrisa nerviosa en los labios. —Mía Beltrán… —dijo con voz algo temblorosa, pero decidida—. Sé que no soy perfecto, que no soy un Beltrán, ni un genio de laboratorio. Pero te amo con cada célula de mi cuerpo. Y quiero pasar mi vida entera contigo. En los laboratorios, en casa, en donde sea. ¿Te casarías conmigo? Mis ojos se abrieron como platos. Un nudo me apretó la garganta. Me quedé sin aire. Sin palabras. Lo miré. El anillo brillaba con elegancia, discreto, pero hermoso. Tragué saliva. Sentía las miradas clavadas en nosotros. —César… no lo esperaba. De verdad que no —murmuré, casi en un susurro. —¿Eso es un sí? —preguntó con una risa nerviosa. —Yo… —dudé por primera vez en semanas—. César, te amo. Mucho. Pero yo pensaba en hacer un doctorado. Quiero seguir investigando. Viajar. Estudiar en Europa. No me veía casándome aún. No ahora. Su sonrisa titubeó. Apenas un segundo. Pero lo vi. —¿Y eso te impide decir que sí? Podemos hacerlo juntos. Nada de eso tiene por qué desaparecer si estamos casados. Seríamos un equipo. Mía… tú y yo contra el mundo, ¿recuerdas? Bajé la vista al anillo, luego a sus ojos. Mi corazón latía rápido, no solo por la emoción… sino por la presión. —Está bien, acepto.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD