Tres cuerpos yacían en el suelo, inmóviles. El olor a pólvora lo cubría todo. La sangre avanzaba en líneas lentas por el suelo. Y en medio de esa escena que parecía sacada de una película… la vi a ella.
Valentina.
De pie. Con su enorme vientre temblando levemente por la respiración agitada. El cabello revuelto, el rostro sereno. Y un arma en la mano.
Una parte de mí no podía procesarlo. ¿Valentina con un arma? ¿Valentina disparando? ¿Matando?
Pero ahí estaba. Firme. Letal.
Entonces entró un hombre.
Y todo lo que era caos se volvió más tenso. No por él. Sino por la energía que traía con su presencia.
Tenía el cabello oscuro, desordenado como si hubiera estado peleando. Los ojos… nunca había visto ojos así. Grises. Fríos. Afilados como cuchillas.
Caminó directo hacia ella, sin mirar a los cuerpos en el suelo. Como si los muertos no significaran nada. Como si ya hubiera visto todo eso mil veces antes.
—Isabella —dijo con voz grave.
Isabella, ¿acaso no se llama Valentina? Es evidente que no es una víctima y me ha mentido.
—No te acerques —le respondió ella sin bajar el arma.
Los músculos del hombre se tensaron, pero no avanzó. La miró con una mezcla de deseo, respeto y… rabia. Algo en su mirada era peligroso. Esa clase de hombre que puede protegerte de todos… o destruirte sin pestañear.
Pero fue el segundo hombre el que me descolocó por completo.
Entró caminando como si nada. Con una servilleta grasienta en la mano y la expresión de alguien que acaba de bajarse del auto tras comerse unos tacos. Era… hermoso. De una manera que no tenía sentido. Alto, atlético, de rostro angélico pero con algo oscuro brillando detrás de sus ojos marrones. El cabello castaño caía perfectamente sobre su frente, ligeramente desordenado, y tenía esa sonrisa confiada que irritaba e hipnotizaba a la vez.
Me miró como si me conociera. Como si fuera una pieza más del rompecabezas que ellos ya habían resuelto.
—¿Qué está pasando...? ¿Quiénes son esos hombres?
Lo dije sin pensar. Mi voz sonaba más fuerte de lo que me sentía. Por dentro, todo era confusión, miedo, adrenalina.
El guapo –el del taco y los ojos marrones– se acercó a mí con paso tranquilo. Como si esto fuera una fiesta. Como si no estuviéramos entre muertos.
Sin pedir permiso, tomó mi gafete. Lo leyó con lentitud. Su sonrisa se ensanchó.
—Mía Beltrán… qué nombre tan simpático. Encantador, diría yo.
Intenté quitárselo. Su mirada bajó a mi mano cuando lo hice, como si cada uno de mis movimientos le divirtiera.
—Devuélveme eso —le espeté, molesta.
—Claro, claro… después de todo, soy un caballero —dijo, alzando una ceja—. Un caballero que lleva un arma y tacos en el bolsillo, pero caballero al fin.
¿Qué demonios?
El otro hombre –el de ojos grises– parecía harto de todo.
—Vamos, Isa, no podemos quedarnos. No sabemos cuántos más vienen en camino. Hay que moverse ya.
—No me voy sin ella —dijo Isabella sin dudar. Como si no hubiera otra opción.
¿Perdón?
—¿Qué?
—Mía monitorea mi embarazo. Sabe lo que tengo. Necesito que me acompañe. Es la única que entiende mi condición.
El de mirada afilada trató de discutir.
—Podemos contratar a otra.
Pero Isabella lo fulminó con una mirada.
—No. Si no va ella, yo no voy.
El guapo soltó una carcajada suave. Casi encantadora, si no fuera tan fuera de lugar.
—Tiene carácter, tu mujer. Me encanta. Las tercas son las más dulces cuando se rinden.
—¡No estoy “rindiéndome”! —repliqué, sintiendo que la rabia empezaba a ganarle al miedo—. No me voy a ningún lado con ustedes. No tienen idea de en lo que me están metiendo.
Él alzó los hombros, como si todo esto fuera una broma de mal gusto. Luego levantó su arma con un gesto pausado, casual, como quien muestra una herramienta inevitable.
—Podemos hacerlo por las buenas… o por las malas, doctora Beltrán. Te juro que preferiría que no me obligaras a cargarte, pero también tengo una espalda bastante resistente.
¿Cargarme?
Corrí. No me lo pensé. Me lancé hacia la puerta lateral.
Dos pasos después, ya estaba en el aire.
Sus brazos me envolvieron con una facilidad insultante. Como si pesara menos que una bolsa de pan. Me levantó como si fuera una muñeca. Olía a pólvora y a comida chatarra. Tenía el cuerpo firme, fuerte, pero lo que más me desarmaba era su voz. Su maldita voz suave y burlona.
—¿Ves? Te lo dije —murmuró junto a mi oído.
—¡Bájame ahora mismo, idiota!
—Tranquila, no muerdo… a menos que me lo pidas.
¡Maldito lunático!
Rodé los ojos con fuerza, y vi cómo el otro hombre se frustraba.
—¿Podemos largarnos de una maldita vez?
El guapo –ese imbécil increíblemente guapo– comenzó a caminar hacia la salida conmigo en brazos.
—A la orden, hermano. Sólo hago mi parte por el bienestar de la embarazada. Y, bueno… también por el placer de la compañía.
Lo miré de reojo, aún forcejeando.
—Eres insoportable.
—Y encantador. No lo niegues.
¿Encantador? Ojalá pudiera negarlo. Ojalá no me temblaran las piernas ni el estómago por su maldita sonrisa. Pero sí. Lo era.
Y ahora estaba atrapada en una pesadilla que ni siquiera entendía.
Tres cadáveres, una paciente armada hasta los dientes, y yo… secuestrada por un desconocido de belleza letal que parecía disfrutar cada segundo de mi desesperación.
No sabía cómo había acabado ahí.
Pero sí sabía algo: esto no era un simple traslado de emergencia. Era el inicio de mi maldita condena.