Alicia despertó con la respiración entrecortada y la mente aún atrapada en el abismo del sueño. La habitación estaba sumida en la penumbra, con apenas la silueta de Leonardo recortándose contra la luz tenue que se filtraba por las cortinas. No supo cuánto tiempo habían pasado enredados entre las sábanas, ni en qué momento el cansancio la venció, pero ahora, con la mente más clara, el peso de la realidad la golpeó de lleno. Se incorporó lentamente, sintiendo el cuerpo aún entumecido, y miró de reojo al hombre que se encontraba sentado al borde de la cama, encendiendo un cigarro con la misma calma que siempre parecía rodearlo. —Te arrepientes —dijo él sin mirarla, exhalando el humo con parsimonia. Alicia no respondió de inmediato. Se pasó una mano por el cabello, apartándolo del rostro

