Capítulo 39: Verdugo

1674 Words
Gavril La sacristía olía a cera fría y a papel viejo. Y a ella. Su perfume todavía se aferraba a mi camiseta, mezclado con el café de esa mañana. Intentaba concentrarme en las cámaras, en los mapas, en todo lo que Misha mascullaba sobre rutas de entrada y de salida, pero cada vez que movía el brazo, el olor subía y me pegaba directo en el cerebro. —…si colocamos un ojo extra en la esquina del orfanato, puedo adelantarnos unos minutos si alguien viene por ese lado —decía Misha, tecleando—. No va a parar una bala, pero al menos sabrás de qué ventana sale. Asentí sin escucharlo del todo. No era por falta de interés estratégico. Era porque mi cabeza estaba demasiado ocupada repasando cómo se había quebrado Helena cuando se vino sobre mí la noche anterior, y cómo había fingido no haber escuchado nada de lo que hablé con Misha esta mañana. «Siempre hay bajas» Lo había dicho en voz alta, por dos razones: ella estaba en el pasillo y no tenía por qué esconderle nada a mi mujer. Simple. Hasta para mí. —¿Estás aquí o te dejé en el confesionario? —bufó Misha, sin levantar la vista. Me giré hacia la pantalla para callarlo cuando escuché algo que borró cualquier réplica. Tres golpes en la puerta trasera. No eran feligreses. La gente del pueblo tocaba timbre, se persignaba antes de entrar y pedía permiso hasta para respirar. Este llamado era una urgencia: Helena. Mi cuerpo se movió antes que mi cerebro. Crucé la sacristía en dos zancadas y abrí la puerta. Ella estaba en el umbral con la carpeta azul contra el pecho, los hombros rígidos, el cabello recogido al apuro. Tenía los ojos enrojecidos, como si se hubiera mantenido entera a pura fuerza de voluntad… hasta llegar a esa puerta. Hasta llegar a mí. —Helena —mi voz salió más baja de lo que esperaba. Sus labios temblaron al levantar la vista para mirarme. —¿Puedo pasar? —preguntó. «Como si necesitara permiso». Me hice a un lado. Ella entró, y el simple roce de su brazo contra mi pecho bastó para que todo el plan de Misha sobre antenas y cámaras saltara a un segundo plano. —Los dejo solos —dijo Misha, cerrando la puerta. —¿Qué pasó? —pregunté, directo. Lo que quise decir ¿quién te hizo esto? O más claro aún: dime a quién tengo que matar. Lo que salió fue un poco más civilizado. Solo un poco, porque la sangre ya me hervía en el interior. Helena apretó la carpeta. Se le marcaban los nudillos. —Emil —dijo, al fin. Un músculo se me tensó en la mandíbula. Claro. El ratón. —¿Qué te hizo? —mi tono bajó de temperatura. Ella tragó saliva. Se le movió la garganta con dificultad. —Hablamos —empezó—. Me esperaba afuera del orfanato. Dijo cosas que… —cerró los ojos un segundo— que no tenía derecho a decir. Di un paso hacia ella. —¿Te tocó? —pregunté. Negó, rápido. —No —dijo—. No en ese sentido. Lo que vino después me lo dijo a trompicones: la escena frente al orfanato, su discurso de su resentimiento porque cree que ella lo abandonó después de que él estuvo cuando ella lo perdió todo, la confesión de los sentimientos enfermizos por ella... Por mi mujer. No hizo falta que me contara todo. Conocía suficiente del cuadro como para terminar de colorearlo solo. Cada frase que decía añadía otro poco de tierra sobre la tumba que ya tenía su nombre. Cuando terminó, el silencio que se instaló en la sacristía era mortífero. —Así que el imbécil cree que puede venir a reclamarte —resumí, con la voz plana. Ella bajó la vista. —Cree que le debo la vida —rectificó, amargada y todavía llorando—. Y quiere tomarlo... Algo en mi pecho hizo clic... «Voy a matarlo». No como frase hecha ni como exageración dramática. Era un puto hecho que ese maldito hijo de puta perdería la vida hoy. Helena levantó la cabeza de golpe al verme en movimiento. —No —respondió, la palabra le salió más rápido que la respiración—. Gavril, no. Me giré hacia el perchero, ya calculando cuánto tardaría en tomar mi arma y llegar a dónde quiera que ese enfermo se escondía. —No tienes que ver esto —añadí—. Te quedas aquí con Misha. No va a tocarte nunca más. Di dos pasos pero no llegué ni a la chaqueta. Algo me agarró por la muñeca. Helena. Me tomó con ambas manos, se aferró como si de eso dependiera no desmoronarse. —Por favor, no te vayas —susurró. Me detuvo más esa frase que sus agarre. Los ojos le brillaban, no solo de miedo. Había algo más ahí: cansancio, terror… y una confianza que no merecía, pero que estaba dispuesto a conquistar a mordiscos si hacía falta. —No quiero más violencia —continuó, con la voz rota—. No por mí. No puedo soportar salir a la calle y tener que imaginar quién va a caer la próxima vez que tú decidas “arreglar” algo. Me apretó la muñeca. —Quédate —repitió, casi sin voz—. Por favor, quédate conmigo. Podría haber discutido, insistir en que era más seguro eliminar el problema de raíz, sacar mi discurso de “la gente como Emil no se convierte en peones útiles” sobre la mesa y darle una clase acelerada de guerra preventiva. No lo hice, porque Helena era mi mujer. Y ella jamás debería pedirme nada con un por favor. Solté el perchero y la tomé de la muñeca. Con un tirón suave, la acerqué hasta que quedó entre mi pecho y la mesa. Una mano en su cintura, la otra subió a su nuca. No la besé, solo apoyé la frente en la suya. —No voy a permitir que te ponga una mano encima —dije, bajando la voz hasta que se convirtió en un susurro cargado de toda la violencia que tenía preparada para él—. Pero si quieres que lo deje respirar un poco más… —inspiré hondo, aferrándome al autocontrol que solo ella podía darme— puedo... posponerlo. El atisbo de sonrisa seca que se le escapó no tenía nada de gracioso. —Siempre pospones lo que quieres —murmuró—. Eso es lo que más miedo me da. Su respiración chocaba con la mía y sentí cómo su cuerpo empezaba a temblar, no de frío, sino de ese tipo de descarga que llega cuando la adrenalina baja y te obliga a hacer inventario de todos los peligros a la vez. La abracé con fuerza, pero no como un hombre. No había urgencia de carne. Había urgencia de otra clase, la más jodida: la de alguien que, por primera vez, venía a mí buscando seguridad… sabiendo que yo era, precisamente, el tipo que podía hacer estallar el mundo. Me hundió la cara en el pecho. Sentí un sollozo húmedo contra mi camiseta. No la interrumpí. Dejé que llorara el tiempo que necesitara, mi mano subiendo y bajando por su espalda. Me desconocí, yo no era así de "blando" con nadie, ni con mi familia ni con las mujeres que habían pasado por mi cama. «Ella no es una más. Ella es mi todo» Los minutos pasaron y cuando se calmó un poco, habló contra mi pecho. —Necesito que me digas la verdad —dijo. Ahí estaba el interrogatorio que sabía que vendría tarde o temprano. —Sé que no viniste a este pueblo para dar misa —continuó, incorporándose lo justo para mirarme a los ojos—. Sé que tu guerra tiene nombre. —Tragó saliva—. Quiero saber por qué lo buscas. Qué te hace pensar que está aquí. Y… —ahí sí dudó— qué harías si lo tuvieras enfrente. Podría haber mentido, lo he hecho toda mi vida. Pero algo en el modo en que me había dicho quédate conmigo me avivó un resto de decencia que creía oxidado. Además, ella pronto sería Helena Markova, no había sentido en mentirle a mi futura esposa. Solté despacio el aire. —Oracle es el nombre que un hijo de puta decidió ponerse y que rompió mi familia —empecé, sin adornos—. Los Markov siempre hemos tenido enemigos, no es noticia nueva. Pero este no quiso solo dinero, territorio o un ajuste de cuentas. Además de lo que nos robó, se hizo un gran espectáculo a costa nuestra. Las imágenes volvieron sin invitación: el restaurante, la explosión, el código en la pantalla de seguridad segundos antes del fuego. Otras ciudades. Otras pantallas. —Orquestó accidentes que no lo eran —seguí—. Usó sistemas, cámaras, redes. Convertía la tecnología en armas silenciosas. Y firmaba sus golpes con ese alias miserable. ORACLE WATCHES. Como si fuera un chiste privado. Helena no parpadeó mientras me escuchaba. —Perdí a mi única familia —dije—. Perdí aliados. Perdí gente que llevaba mi sangre y gente que la había ganado en el campo. —Incliné un poco la cabeza—. No me importan las excusas. Lo único que veo son cuerpos. Se le tensó la mandíbula con esa frase. Lo noté, pero seguí hablando. —Lo busco porque es una cuenta que nadie más va a cerrar. Y creo que está aquí… —miré alrededor, como si las paredes fueran a contarme donde carajos está metido ese maldito fantasma— porque nadie es tan cuidadoso toda su vida. Oracle se relajó. Empezó a repetir patrones. Pings torpes. Rutas sucias. Alguien está usando su nombre, o el propio Oracle está jugando a ser una sombra en un pueblo que no importa en el mapa. Guardé silencio un segundo. Sabía que la respuesta importante venía ahora. —¿Y qué harías si lo tuvieras enfrente...?
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