Gavril
—¿Y qué harías si lo tuvieras enfrente? —susurró de nuevo.
No me tomó tiempo pensarlo.
—Pondría una bala en su cabeza —contesté—. O dos. Por si acaso. Y luego haría desaparecer el cuerpo.
Nada de discursos. Nada de “justicia poética”. Solo eso.
Vi cómo la respuesta la golpeaba. Por un instante, sus ojos se llenaron de algo que no era solo miedo a Oracle. Era miedo a mí.
Ese sentimiento no era nuevo, lo había visto en mucha gente antes. La diferencia era que, por primera vez, me importaba.
—No soy un buen hombre, Helena —añadí, más bajo, tomando sus manos entre las mías y besándolas—. Nunca prometí serlo. Lo único que puedo ofrecerte es esto: si estás conmigo, nadie más volverá a ponerte una mano encima. Te protegeré con mi vida si es necesario.
Ella me regaló una sonrisa triste, liberando una de sus manos para acariciar mi mejilla.
—¿Y si descubrieras que Oracle… no es quien crees? —preguntó, de pronto.
Algo en su mirada cambió. Había un brillo raro, el de alguien que se asoma a un precipicio y se plantea saltar.
—¿Qué quieres decir? —fruncí el ceño.
Tragó saliva y abrió la boca.
—Si supieras que no empezó como un monstruo, sino como… —se detuvo, tragándose las palabras—, alguien que quiso ayudar y se salió de control. ¿Lo matarías igual?
—Sí. —La respuesta salió de mi boca como una bala—. Cuando cruzas ciertas líneas —dije, despacio— deja de importar tu punto de partida. Solo cuenta la sangre y los cuerpos que hay detrás.
Vi cómo eso la rompía un poco más. Sus labios se separaron, como si estuviera a punto de decirme algo...
Algo que podría cambiarlo todo.
«¿Ella sabía algo?»
—Gavril, yo… —empezó.
Si sabía algo... no me importaba esperar un poco más para saberlo, solo necesitaba que mi mujer volviera a sonreír.
La acerqué más. No para callarla a propósito, sino para sostenerla... y para sostenerme.
Su nariz rozó la mía. Podía sentir nuestra respiración mezclándose, el temblor en sus labios... ese que quería detener.
La besé.
No fue un beso como los de la noche anterior. No le arranqué la ropa ni destrozamos los muebles. Fue un beso intenso, sí, uno que imponía lo que era realmente importante en nuestra relación.
Sus manos se aferraron a mi cuello, respondiendo con la misma desesperación con la que se había acercado a la puerta.
Yo sentí, con una claridad cruel, que estaba posponiendo algo que tarde o temprano nos iba a explotar en la cara.
Cuando nos separamos, los dos respirábamos rápido. Helena apoyó la frente en mi hombro, como si le pesara la cabeza.
—No quiero hablar de guerra y sangre —susurró, la voz hecha polvo—. Solo… no me sueltes.
La abracé más fuerte.
—No pienso hacerlo —prometí.
Era una mentira parcial.
En algún momento tendría que soltarla. Para disparar, para apagar incendios, para hacer lo que había venido a hacer.
Pero siempre volvería a ella.
No quería soltarla ahora. No con su cuerpo caliente contra el mío y sus fantasmas colándose entre los míos.
Estaba a punto de inclinarme de nuevo, de buscar su boca otra vez, de quedarme ahí donde el mundo entero se reducían a su respiración y al pulso en su cuello, cuando el golpe en la puerta de la sacristía nos devolvió a la realidad.
Tres toques.
Una emergencia.
Helena se separó un poco, sobresaltada. Sus dedos se quedaron enganchados en mi camiseta.
—Quédate aquí —le dije, bajito.
No esperé respuesta. Solté a regañadientes el calor de su cuerpo y fui hacia la puerta interior para abrirla.
Misha estaba del otro lado con el teléfono en una mano y un folder manila en la otra. Tenía la cara más seria de lo habitual, casi pálida.
—Tenemos un problema —anunció, sin preámbulos.
—¿Solo uno? —ironicé—. ¡Qué alivio!
No sonrió.
Eso me preocupó más que cualquier palabra. Entró, echó una ojeada rápida al interior. Vio a Helena sentada en un sofá al fondo, se aseguró de que estuviera entera, y luego me miró a mí como si hubiera algo que preferiría decir lejos de ella.
No le di esa opción.
—Habla —ordené.
Misha dejó el folder sobre la mesa.
—Estuve tirando de un hilo —dijo—. Nada grave. Quería saber por qué carajo el nodo del municipio tiene ciertos permisos que no cuadran, así que retrocedí un año en los registros. —Se frotó la nuca—. Y encontré algo que no esperaba.
Abrió el folder con documentos, informes. Una foto de un hombre con sotana, en blanco y n***o, sacada de algún archivo diocesano.
Sentí una punzada vaga de déjà vu.
—Tu padre —empezó Misha, despacio— mandó algunos hombres a este pueblo un mes antes de morir.
Eso ya lo sabía... bueno, más o menos.
—Pasaron de incógnito —siguió—. Nadie los vinculó oficialmente con los Markov, pero hay registros. Y hay algo más.
Señaló la foto.
—Mató a un hombre.
Mi mandíbula se tensó, no porque aquello fuera una revelación. Mi padre había matado a muchos hombres. Directa e indirectamente.
—¿Y? —apreté.
Misha tragó saliva.
—Y ese hombre era un sacerdote —dijo—. De esta diócesis. De esta parroquia, para ser exactos. Padre Andrei.
El mundo se me afinó un milímetro. Clavé la vista en la foto. El tipo tendría unos cuarenta y pico, sonrisa de catálogo, ojos que intentaban parecer buenos para la cámara.
Algo en esa cara me resultaba familiar...
—No recuerdo haber oído nada de un cura muerto aquí —dije.
—Porque lo taparon —respondió Misha—. Lo borraron de los registros. Solo queda una nota en un archivo de la diócesis y un informe en una comisaría de la ciudad, donde figura como “accidente”. Pero los nuestros… —apuntó al folder— lo tienen clasificado como “ejecución estratégica”. Orden directa de tu padre.
Silencio.
Noté, en el borde de mi campo de visión, cómo Helena se quedaba inmóvil. Pero mi foco estaba en la hoja que Misha deslizó hacia mí.
Nombre del fallecido. Fecha. Lugar. Y la firma del oficial que nunca supo lo que estaba archivando.
Leí la línea de nombre y, por alguna razón, todo se me detuvo. Los siguientes datos se emborronaron un segundo. El aire se hizo pesado.
Un recuerdo, enterrado bajo otras masacres, asomó la cabeza: una discusión con mi padre sobre “curas que se creen dioses con un teclado”, un informe con esa firma… y el código de Oracle colándose en la conversación.
Andrei: El fantasma del altar.
Sentí que algo se encajaba en el mapa, no en el lugar correcto todavía, pero lo suficiente como para saber que no era coincidencia.
Levanté la vista del papel.
Misha me observaba, atento.
A Helena… no la miré.
Tenía la sensación de que si cruzaba su mirada en ese momento, otro tipo de verdad se me vendría encima.
Me aferré al papel.
Todo se alineaba en una ecuación que todavía no sabía resolver. Pero estaba claro que el fantasma que llevaba años persiguiendo no solo se había paseado por la red.
También había pisado este altar.
Y ahora tenía un nombre.