Capítulo 33: No quiero saberlo

1361 Words
Helena Gavril NO reaccionó bien. No esperó ni dos segundos en quitarme el teléfono de la mano, lo puso en su oído. —Adrian —dijo con voz baja, un tono casi mortal—. No la vuelvas a llamar. —¿Y tú quién mierda eres para decirme que no llame a mi mejor amiga? —preguntó él, sorprendido. —El que sí le hace más que cosquillas —respondió Gavril, y colgó. Me quedé boca abierta. —¿Le… cortaste? —Sí. —¿En serio? —Sí. —Gavril… —No lo voy a discutir. Y antes de que pudiera protestar, se subió sobre mí, apoyando una mano a cada lado de mi cabeza, los ojos oscuros, el deseo mezclado con un orgullo casi infantil. —¿“Hace cosquillas”? —preguntó, indignado. Me mordí los labios, intentando no reírme. —Estaba bromeando… —Pues no me hizo gracia. —Eres imposible. —Y tú me provocas demasiado —susurró él, bajando para besarme el cuello. Mis manos se enredaron en su cabello. Su boca empezó a recorrer mi piel, lenta, deliciosa, reclamando cada espacio que Adrian había interrumpido. —Helena —murmuró contra mi clavícula—. No vuelvas a decir que solo hago cosquillas. Me reí contra su boca. —Entonces demuéstralo. Sus labios se curvaron en una sonrisa peligrosa, triunfal. —Con mucho gusto —susurró antes de besarme otra vez, profundo, sin prisa, mientras nuestros cuerpos se reencontraban en esa cama vieja que se volvió, por un momento, el único lugar del mundo. Y no, definitivamente no hacía cosquillas. Ni un poco. Nos quedamos allí, enredados, hasta que el cansancio venció incluso a mis preocupaciones. (...) Me despertó el olor a café y algo tostándose. Tardé unos segundos en recordar dónde estaba. O, mejor dicho, con quién estaba. La sábana me cubría hasta la cintura; el resto de mi piel estaba marcada por una colección nueva de roces, mordidas y caricias. Algunos lugares dolían de la mejor manera posible. Otros, simplemente me recordaban que lo que había pasado no era un sueño. El lado de la cama donde había dormido Gavril estaba vacío. Me incorporé despacio, con una mezcla de resaca emocional y cansancio físico que no tenía nada que ver con el alcohol. Escuché voces bajas provenientes de la cocina. Una de ellas la reconocí al instante. La otra me sorprendió un poco: Misha. Me puse la primera camiseta grande que encontré a los pies de la cama, vieja, con el estampado casi borrado y avancé hasta el extremo del pasillo. No llegué a la puerta. Me quedé a un lado, fuera del campo visual, pero lo bastante cerca como para escuchar. —…te digo que los pings vuelven a repetirse —dijo Misha, con un tono mitad técnico, mitad harto—. Orfanato, parroquia, la antena del municipio. Todo en un radio ridículamente pequeño. El golpeteo de una cuchara contra una taza marcó un ritmo breve. —Oracle no se expone así —respondió Gavril. Su voz sonaba diferente a la de anoche. Menos vulnerable. Más… fría. La voz del hombre que había visto en acción, no la del que había susurrado mi nombre contra mi piel. —Justamente por eso te lo digo —insistió Misha—. Y eso nos alertó... Pero no solo a nosotros. Hubo un silencio corto, denso. Me imaginé a Gavril de pie junto a la mesada, tal vez sin camiseta, con ese gesto tenso en la mandíbula que conocía demasiado bien. A Misha apoyado en la nevera, brazos cruzados, cuidando la puerta con el cuerpo, como buen guardián disfrazado de bromista. —No vine a este pueblo para que Oracle juegue conmigo —dijo Gavril, al fin—. Vine a encontrarlo. Y a cerrar esa cuenta. La naturalidad con la que pronunció “cerrar esa cuenta” me erizó la nuca. Sabía lo que quería decir. No necesitaba traducción. —Y si para eso tiene que caer medio pueblo —agregó—, que caiga. El ruido de algo apoyado con más fuerza de la necesaria sobre la mesada me hizo contener la respiración. —Hay gente inocente... Y no tenemos mucho apoyo, por ahora somos tú y yo... —Llama a Alexei, el hijo de puta me debe una grande —dijo Gavril—. No dejaré que los Volkov se acerquen a mí objetivo. El pueblo... no me interesa. Una parte de mí se encogió. —Solo me interesa ella. El corazón me dio un vuelco tan fuerte que casi hizo ruido. Mis pulmones olvidaron qué hacer durante un segundo. Parte de mí quiso derretirse. La otra parte quiso salir corriendo. —Si tocan este lugar antes que yo —continuó—, van a dejar un mensaje. Siempre lo hacen. Y no pienso permitir que ese mensaje tenga su nombre. Podría haber sonado protector. No lo hizo. Sonó como una sentencia. —Gavril… —la voz de Misha bajó un poco—. Sabes que si nuestros enemigos nos encuentran aquí, traerán la guerra. Y la guerra no distingue corazones. Las palabras activaron un eco antiguo en mi cabeza. «Los hombres como él traen muerte». No era la voz de Misha. Era la de mi madre. La de la vecina. La de todas las mujeres que habían susurrado advertencias a otras mujeres a lo largo de la historia, sabiendo que igual nos lanzaríamos hacia el fuego. —No soy un santo, Misha —respondió Gavril—. Nunca vendí esa mierda. No vine a salvar a nadie. Vine a terminar lo que empecé hace años. Volví a ver, mentalmente, los titulares en la televisión. La palabra “Markov” asociada a explosiones, ajustes de cuentas, investigaciones. Sangre. —¿Y si para terminarlo este pueblo acaba en la lista? —preguntó Misha, sin rodeos. Hubo una pausa. El silencio se ensanchó. —Entonces... Que Dios se apiade de sus almas —dijo Gavril, al fin—. Siempre hay bajas. No le escuché añadir “y no me importará”. No hizo falta porque estaba segura de que él lo pensó. Mis dedos se cerraron sobre el marco de la puerta, sin llegar a mostrarme. Contenía la respiración, temiendo que exhalar fuera a delatarme. Gavril no vino a salvar a nadie. No vino a salvarme a mí. Vino por sangre. Por la suya. Por la de su familia. Por la de un enemigo sin rostro que jugaba con códigos y sistemas como otros jugaban con rosarios. Y si el pueblo quedaba en medio… no había deseo, ni noche apasionada, ni temblor de mis piernas rodeando sus caderas que pudiera cambiar la forma en la que un hombre como él resolvía sus problemas. Con violencia. Con fuego. Con cuerpos que luego alguien más tendría que sepultar. Una parte de mí quiso salir a la cocina, tomar la taza que seguro había puesto para mí, sentarme a su lado y preguntarle abiertamente: «¿Cuántas cruces estás dispuesto a plantar conmigo en el mapa?» La otra parte se quedó quieta. No quería saber la respuesta. Me alejé del marco sin hacer ruido y volví a la habitación. Me dejé caer en el borde de la cama, con las manos en el regazo, la camiseta arrugada, la marca de sus dedos aún visible en mi piel. El terror que sentí entonces no se parecía al que había sentido en el confesionario. No era solo el miedo a lo que él podía hacerme a mí. Era pánico a lo que podía hacerle al mundo que me rodeaba… sin parpadear. Miedo a la posibilidad de enamorarme —si no lo estaba ya— del hombre que, con una mano, me había hecho sentir viva… y con la otra podía prender fuego todo lo que intentaba proteger y amaba con todo y sus defectos. No hay deseo ni amor en el mundo que pueda detener lo que un Markov decide terminar. Y aun así, cuando escuché el sonido de la cafetera apagándose y sus pasos acercándose por el pasillo, hice lo único que sabía hacer mejor que nadie: fingí que no había escuchado nada.
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