Adrian
Había algo profundamente injusto en que el mundo siguiera como si nada cuando a mí me acababan de reprogramar el cerebro con un solo beso.
Tenía las manos apoyadas en la barra, la taza de café a medio lavar, y seguía sintiendo la presión de los labios de Misha sobre los míos. Corto. Suave. Valiente.
«Si mi amiga pudo enfrentar sus miedos, yo también.»
Tenía que odiarme un poco por usarla a ella como ejemplo para eso… y, al mismo tiempo, agradecerle que lo hubiera hecho.
Porque si algo me había quedado claro era que los miedos no desaparecían solos: se empujaban, se desafiaban, se besaban.
Sonreí solo, como un idiota, mirando fijamente la espumita de jabón en el fondo de la pileta.
—Estás perdido, Adrian —murmuré para mí—. Completamente perdido.
Dejé el vaso en el escurridor, me sequé las manos en el trapo y agarré el celular casi sin pensarlo. Tenía un mensaje a medio escribir para Helena desde la noche anterior.
Yo:
¿Sigues viva o el “padre” te secuestró para catequesis intensiva?
No lo había enviado.
Porque una parte de mí quería verla al natural, sin pantalla de por medio, y la otra… no sabía qué hacer con la nueva variable llamada Gavril se quedó a dormir en casa de Helena.
Reescribí.
Yo:
Cuando te desocupes de tus… cosas… pásate por el café.
Tengo chisme, café gratis y cara de ataque de pánico nuevo.
Lo releí. Dudé. Iba a darle enviar cuando, por el ventanal, vi algo que me hizo detener el dedo a medio camino.
Emil.
Cruzaba la calle hacia la cafetería con el bolso colgando de un hombro, el paso rápido, la cabeza gacha. Nada raro en teoría. Lo hacía mil veces. Pero esta vez… estaba empapado en sudor.
No era solo por el calor. Tampoco hacía tanto: la camiseta se le pegaba a la espalda, el cabello en la frente, y la mano derecha subía y bajaba del bolsillo del pantalón como si no supiera qué hacer con ella.
Algo en mi estómago se apretó.
Guardé el teléfono en el bolsillo, borrando el mensaje sin pensarlo, justo cuando la campanita de la puerta anunció su entrada.
—Buenos días —soltó, sin mirarme del todo.
Tenía la mirada desenfocada, como si fuera cinco minutos por delante de su cuerpo. Dejó el bolso en una silla, casi tropezando con la pata de la mesa.
—Te veo… —busqué una palabra suave— congestionado.
Emil se pasó una mano por la frente, quitándose el sudor.
—Necesito hablar con Helena —dijo, directo—. ¿Está aquí?
Negué.
—No. No desde ayer.
Mis palabras parecieron golpearlo en el pecho. Respiró hondo, como si acabara de recibir una mala noticia que no esperaba.
—Mierda… —susurró, más para sí que para mí.
Sus ojos se movieron rápido, del ventanal a la barra, de la barra a la puerta del baño, del baño a la puerta de atrás. Como si Helena fuera a materializarse de la nada en alguno de esos lugares.
No lo hizo.
—¿Pasó algo? —pregunté, apoyando las manos en la barra.
No me miró directamente. Se frotó la nuca, nervioso.
—No… sí… —tragó saliva—. Creo que metí la pata.
Esa frase me alineó todas las alarmas internas.
—Define “meter la pata” —pedí, con calma falsa.
—Dije algo que no debía —respondió, moviéndose de un pie al otro—. O más bien… dije algo que debía, pero no de esa forma. —Apretó la mandíbula— Necesito explicarle. Ella va a pensar que yo… que yo…
No terminó la frase.
Lo observé con atención. El temblor en las manos, la respiración acelerada, la forma en que su mirada se clavaba en el piso cada vez que mencionaba a Helena.
—¿La viste hoy? —pregunté.
Negó.
—La busqué en el orfanato. Pero no estaba. —Sus dedos jugaron con la cremallera de la mochila—. Yo… —se cortó, como si se hubiera dado cuenta de que estaba hablando demasiado— Tengo que encontrarla.
Agarró la bolsa y se giró hacia la puerta como si el lugar le quemara los pies. Iba a dejarlo ir cuando algo, más viejo que todos estos problemas, habló por mí.
La parte de mí que la había visto llorar en el pasillo de la diócesis, con un crucifijo en la mano y la mirada rota.
—Emil —lo llamé.
Se detuvo.
—Si ella no quiere hablar contigo, no la acorrales —dije, sin florituras—. No la sigas. No la busques de noche. No te presentes en su casa sin avisar. ¿Estamos?
Se giró apenas, lo suficiente para que pudiera ver el perfil rígido, la mandíbula apretada.
—No la voy a lastimar —respondió.
No usó mi nombre. No me miró a los ojos. Solo salió.
La puerta se cerró con un golpe más fuerte de lo necesario.
Me quedé quieto, con la sensación desagradable de haber visto solo la punta de algo que se estaba hundiendo por debajo de la superficie.
Usó las típicas frases de manual cuando alguien ya cruzó una línea y todavía quiere creer que tiene derecho a explicarse.
Fui hasta el ventanal. Lo vi caminando rápido calle abajo, en dirección al orfanato primero… y luego doblando hacia la zona donde vivía Helena.
El café estaba vacío.
Miré el reloj. Faltaban todavía treinta minutos para abrir.
Tomé una decisión.
El cuarto del fondo de la cafetería no era solo un almacén de cajas, harina y bolsas de café.
No desde que yo había convencido al dueño anterior de que “necesitaba mejorar el sistema de cámaras por seguridad”.
Me metí allí, cerré la puerta y encendí el monitor conectado al circuito interno y a unas cuantas cámaras más que no eran precisamente legales, pero sí muy útiles.
La pantalla se llenó de cuadritos: la calle principal, el frente del orfanato, la plaza, la puerta lateral de la iglesia, la esquina donde todos fingían que no veían los trapicheos del pueblo.
Busqué el punto en el mapa donde sabía que estaba la casa de Helena. No había cámara directa, nunca me había atrevido a tanto, pero sí una buena vista de la esquina anterior y la posterior.
Rebobiné un par de minutos hasta ver a Emil cruzar frente al café. Luego seguí su recorrido, saltando de cámara en cámara, como si jugara con una versión cutre del mapa de un videojuego.
Lo vi doblar hacia la calle de Helena. A partir de ahí, desaparecía del campo de visión.
Me mordí el interior de la mejilla.
Podría dejarlo ahí.
Podría decirme que estaba exagerando.
Podría volver a la barra, fingir normalidad y esperar que Helena entrara por la puerta en algún momento, quejarse del café aguado y reírse de algo estúpido.
No lo hice.
Apagué el monitor, salí del cuarto, colgué el cartel de “Vuelvo en 10 minutos” en la puerta del café y eché el pestillo.
Agarré la chaqueta. El aire afuera seguía oliendo a pan y a mañana de pueblo, pero para mí, desde hacía rato, toda la calle olía a gasolina cerca de una chispa.
No tuve que caminar demasiado.
Uno aprende a leer hábitos sin darse cuenta. Yo sabía que Helena rara vez tomaba los atajos por el callejón de atrás, que evitaba ciertas zonas poco iluminadas, que prefería la vereda de la derecha cuando volvía del orfanato porque tenía más escaparates, más luz, más gente.
Era, en cierto modo, lo único en lo que sí parecía cuidarse.
Esa mañana, sin embargo, la suerte decidió jugar su propia partida.
La vi al final de la cuadra, a media distancia entre su casa y el orfanato, con una carpeta contra el pecho y el cabello recogido de cualquier manera.
Se detuvo un segundo frente a la farmacia, como dudando si entrar.
Y entonces lo vi a él.
Emil emergió de un costado, no desde la dirección del orfanato, sino desde una calle paralela, cortando camino. Iba rápido, demasiado rápido para alguien que simplemente “pasaba por ahí”. Tenía los hombros tensos, el cuerpo inclinado hacia adelante, como si estuviera persiguiendo algo.
O a alguien.
Helena.
Aceleré el paso.
Quise llamarla, pero algo en mí, me dijo que observar un segundo más la escena, podía obtener más respuestas que irrumpir como un toro en una cristalería.
Me quedé a mitad de cuadra, lo suficientemente cerca para ver, lo suficientemente lejos para no ser parte inmediata del cuadro.
—Helena —llamó Emil, cuando estuvo a su altura.
Ella se sobresaltó. Se giró. Vi la expresión cruzar por su cara: primero sorpresa, luego cansancio, luego algo parecido a fastidio. No miedo. Todavía no.
—No tengo tiempo para esto —dijo ella, ajustando la carpeta contra el pecho.
No podía oír cada palabra, pero conocía la música de su voz, las inflexiones, las posturas. Y el volumen de Emil subió lo suficiente como para que incluso los vecinos curiosos pudieran captar pedazos.
—No puedes simplemente ignorarme —replicó él—. Tengo que hablar contigo… no voy a hacerte daño.
Ni ella ni yo le creímos.