Capítulo 37: Emil no es quien yo creía

1223 Words
Helena El orfanato siempre olía igual a esa hora: esa mezcla de detergente, café recalentado y lápices de colores recién sacados de la caja. Debería haber sido un olor tranquilizador. Pero ese día me daba náuseas. Guardé los últimos informes en la carpeta azul, apagué la computadora y dejé la llave del depósito colgada en el gancho de la pared. Desde el patio llegó, apagado, el eco de la voz de una de las cuidadoras llamando a los niños para el almuerzo. —Helena, ¿no te quedas? —preguntó Marta, asomando la cabeza por la puerta de la oficina—. Hicimos comida de olla. De la que te gusta. Sonreí por inercia. —No, gracias. Tengo que… —busqué una excusa— adelantar cuentas en casa. Pero guárdame un poco, ¿sí? Marta frunció el ceño, como si quisiera decir algo, pero se limitó a asentir. —Te dejo el tupper en la heladera —dijo—. Y Helena… —dudó— descansa un poco. Descansar. Si supiera. Salí al pasillo estrecho, bajé las escaleras y crucé el hall. Cada paso resonaba demasiado en mi cabeza, que todavía contenía las palabras de Gavril en la cocina esa mañana. Empujé la puerta principal. La luz de la calle me golpeó con más fuerza de la esperada. El cielo estaba nublado, pero el aire tenía esa claridad cruel de los días en que algo está por cambiar. Apreté la carpeta contra el pecho y respiré hondo. Solo tenía que caminar hasta mi casa. Un tramo corto, conocido, con vecinos saludando y algún auto viejo pasando demasiado rápido por la esquina. Nada que no pudiera manejar. Bajé los escalones del orfanato y giré hacia la derecha. —Helena. La voz llegó desde el costado, antes de que pusiera el primer pie en la vereda. Me detuve. Emil estaba apoyado contra la pared, a la sombra del cartel descascarado del orfanato. La bolsa colgaba a medio cierre de su hombro. Tenía la camisa pegada al cuerpo, el cabello revuelto y las ojeras más marcadas que de costumbre. No parecía haber ido a ninguna parte desde la última vez que lo vi. No parecía haber dormido en semanas. —Tenemos que hablar —dijo. No era una invitación, era un aviso. Miré alrededor por reflejo. Marta acababa de cerrar una ventana del segundo piso. La mujer que barría la vereda de enfrente fingió que solo le interesaba el polvo. Un chico en bicicleta redujo la velocidad lo justo para escuchar. Perfecto. El espectáculo ambulante de «la encargada del orfanato y el chico raro de los ordenadores». Apreté la mandíbula. —Estoy cansada, Emil —respondí—. Hoy no, por favor. Me dispuse a seguir caminando. Él se despegó de la pared y se paró frente a mí en dos zancadas. No me tocó. Pero se colocó lo bastante cerca como para que tuviera que elegir entre chocarlo o detenerme. Me detuve. —No puedes seguir evitándome —dijo, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Ni tratándome como si fuera el repartidor del pan. —No te estoy evitando —mentí, sujetando la carpeta con más fuerza—. Solo… —Necesitas espacio —terminó él, con una risa corta, hueca—. Sí. Ya lo sé. Lo sé desde la secundaria. «Emil, ahora no». «Emil, estoy ocupada». «Emil, Andrei esto…». «Emil, mis padres aquello…». Cada nombre cayó como una piedrita en el estómago... Andrei... Mis padres. Sentí una punzada. —No vas a hacer esto en la calle —dije, bajando la voz. —¿Y dónde quieres que lo haga? —su tono subió medio paso, descolocado—. ¿En la parroquia, delante de tu nuevo… confesor? ¿En tu casa, donde entra él y yo no? La palabra él se le clavó en la lengua como un veneno. Inspiré despacio. —No tienes derecho a exigirme nada. —Claro que lo tengo —escupió—. Siempre he estado ahí. Desde que tus padres murieron, desde que te quedaste sola con un montón de papeles y la absurda idea de que podías arreglar el mundo con una computadora del orfanato y tu acceso a los servidores de la diócesis. El corazón se me detuvo un segundo. No porque lo que dijera fuera mentira. Sino porque lo dijera en voz alta. Miré hacia la calle otra vez. El chico de la bicicleta ya no estaba. La mujer de la escoba había desaparecido. Pero sabía que, detrás de alguna cortina, alguien escuchaba. Siempre escuchaban. —Baja la voz —susurré. Emil avanzó un paso, acortando aún más la distancia. Su mirada estaba… distinta. No era la del chico tímido que me cambiaba focos ni la del voluntario aplicado que organizaba planillas de vacunación. Había algo más oscuro ahí. Algo apretado. —No voy a bajar la voz —dijo, pero al menos la moduló un poco—. Porque nadie más lo va a decir, Helena. Nadie más estuvo cuando perdiste todo. Mis padres, el auto volcado, la llamada en plena madrugada, la beca de la universidad hecha añicos el mismo mes en que debía empezar la carrera de Ingeniería en Sistemas. Y Andrei, repartiendo consuelos baratos entre mis manos mientras yo aprendía a hacer milagros con la base de datos del obispado y el servidor cascado del orfanato. —Yo estuve cuando decidiste meter las manos donde no debías —continuó Emil, apretando los dientes—. Cuando dijiste «si nadie hace nada, lo haré yo». Cuando te sentaste frente a esa pantalla y empezaste a «hacer tu justicia divina». La carpeta resbaló un poco entre mis dedos sudados. —Basta —pedí. —No, no basta —negó, dando otro paso—. Siempre quieres cortar las conversaciones cuando algo te incomoda. Pero eso no cambia los hechos. Fui yo quien consiguió el acceso extra a las cuentas del obispado. Fui yo quien desvió las trazas para que no te localizaran. Fui yo quien borró los logs cuando lo de los archivos de menores explotó en las noticias. Las palabras me golpearon en cadena y la imagen apareció en mi memoria como un flash: titulares rojos, presentadores hablando de «filtración masiva», «manipulación de datos sensibles», «posible sabotaje». ORACLE WATCHES. La primera vez que ese nombre apareció en pantalla, yo estaba sentada en el suelo de mi sala, con las rodillas contra el pecho y las manos manchadas de tinta y café. Había elegido el nombre como un juego. «El que mira desde arriba», «el que todo lo ve». —Yo te cubrí el culo, Helena —dijo Emil, con la voz quebrada a medias por la rabia—. Cuando tu brillante plan de «ayudar al orfanato» y «hacer justicia por los niños» se convirtió en gasolina mediática, cuando empezaron a hablar de terrorismo digital y de caza de brujas, yo fui el que se quedó despierto noches enteras borrando rastros. Para que no te vincularan. Para que pudieras seguir jugando a la santa del pueblo. Sentí que el suelo se inclinaba, no porque no supiera todo eso. Lo sabía. Recordaba cada madrugada que compartíamos, cada «déjame a mí», cada «tú solo haz lo que sabes hacer y déjame el resto». Lo que nunca había escuchado era el subtexto entero que ahora vomitaba: me debes.
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