Capítulo 38: Me lo debes

1437 Words
Helena Tragué saliva. —Jamás te pedí que… —Sí me lo pediste —me cortó, con un brillo extraño en los ojos—. No con esas palabras, pero sí. Te acercaste a mí con tu carpeta abrazada, con tu «tú sabes más de estas cosas», con tu sonrisa de «me siento culpable por existir, ayúdame a que duela menos». Y yo… —se señaló el pecho— fui lo bastante imbécil como para hacerlo todo. —No te obligué, Emil —susurré. —No —admitió—. Solo me miraste como si yo fuera el único que podía entenderte. Y eso, Helena… —hizo una mueca— para alguien como yo, vale más que cualquier contrato. El silencio entre nosotros se llenó de sonidos lejanos: un auto arrancando, la risa de un niño en el patio, el timbre de una bicicleta. Emil respiró hondo. —Desde que tus padres murieron, desde que Andrei te dejó tirada con sus promesas a medias, desde que renunciaste a la universidad para quedarte aquí metida con tus huérfanos… yo siempre estuve —repitió, como si fuera un mantra—. Cuando te metiste dónde no debías. Cuando empezaste a hablar con esa gente que nadie veía, de foros y redes que sonaban a latín para el resto del pueblo. Cuando tu alias empezó a salir en sitios donde nunca debió aparecer. Mi estómago dio un vuelco. No era mentira. Yo había roto más de un firewall antes de conocerlo. Yo encontraba las fisuras; él solo las ensanchaba y limpiaba las huellas. Emil no me llevó al fuego. Yo ya estaba parada en la puerta. —Y ahora —siguió, bajando la voz al fin— ahora que las cosas se están calentando otra vez, ahora que hay pings donde no debería haberlos, ahora que la puta mafia pregunta por accesos raros a los servidores municipales… tú decides que es buen momento para enamorarte del primer imbécil con sotana que aparece. Se acercó un paso más. Me tenía acorralada. —No puedes dejarme ahora que me están pisando los talones —remató. Ahí estaba, el núcleo del asunto. No era solo miedo, era resentimiento, era el peso de todos esos “te debo una” acumulados sin que yo supiera que él los estaba guardando en una libreta invisible. —No te estoy dejando —dije, escogiendo cada palabra con cuidado—. Solo dije que necesito marcar límites. Tú decidiste… —Yo decidí salvarte —me interrumpió—. Una y otra vez. Y ahora tú decides jugar a la mártir independiente. Helena… —dio un paso más; esta vez sí sentí su aliento en la cara— tú sola no habrías aguantado la presión de aquello. Si no fuera por mí, por lo que borré, por lo que desvié… ahora mismo tendrías a media Interpol llamando a tu puerta. ¿Crees que ese Markov se habría fijado en ti si fueras oficialmente una terrorista digital? La palabra terrorista se me clavó en la garganta. Mis manos empezaron a temblar. No de miedo a Emil, exactamente, pero si de miedo a lo que estaba verbalizando. A lo que yo misma había dejado crecer. Es mi culpa. Yo sabía dónde me estaba metiendo. Podría haberme detenido cuando eran solo pruebas, solo pequeños ajustes en las cuentas del orfanato para que los niños comieran mejor, para que los informes fueran más transparentes. Podría haber reportado las irregularidades por vía oficial. Podría haber seguido a mi psicóloga cuando insistía en que me fuera a la ciudad, a estudiar, a respirar otra vida. Podría haberme ido a la universidad, haber seguido mi carrera de tecnología, de sistemas, de lo que fuera… Pero no lo hice. Mis padres murieron ese año. Andrei me dio un sentido de pertenencia que confundí con llamado divino. Y yo… elegí quedarme... con mis muertos, con mis niños, con mis códigos y con mis fantasmas. Solo le pedí ayuda a Emil para que me dejara en paz. Para que, si le daba algo que hacer, se concentrara en eso y no en mí. Gran idea. —Jamás debí pedirte ayuda —murmuré, más para mí que para él. Sus ojos se oscurecieron. —¿Cómo dices? Lo miré al fin, directo. Y vi lo que no había querido ver en todos esos años de cafés y correos resueltos en la madrugada: inseguridad, sí; timidez mal llevada, también; pero, debajo de todo eso, una corriente más sucia. Dependencia... manipulación envuelta en favores. —Tú no eres mi salvador, Emil —dije, sintiendo la sangre volverme a la cara—. Nunca lo fuiste. Hicimos cosas juntos, sí, te lo agradecí y cobraste muy bien por eso. Pero no te da derecho a pedirme mi vida como si fuera una deuda eterna. Sus labios se apretaron en una línea fina. —No entiendes —susurró—. Si ellos me encuentran, si siguen el rastro como la última vez… yo caigo primero. Pero no caeré solo. Todo lo que hicimos está entrelazado. Todo lo que borré, todo lo que desvié… lleva tu marca. Tus manos. Tus decisiones. Sonrió, pero fue una sonrisa torcida. —Si yo me hundo, tú te hundes conmigo. —¿Eso es una amenaza? —pregunté, con la voz más firme de lo que sentía. —Es un recordatorio —replicó—. De que no eres tan inocente como quieres que todos crean. De que, si juegas a ser mártir con el ruso, si te metes en su guerra, si te conviertes en su próxima cruz… no vas a poder lavarte las manos. Mi pecho se apretó. Gavril. Un Markov que llevaba tiempo persiguiendo el nombre que yo había dejado plantado en la red como un acto desesperado de justicia y que otros habían convertido en firma de masacre. No entendía porque odiaba tanto a Oracle, pero dejó muy claro que ese era su objetivo. Cuando Emil dio un paso atrás, respiró hondo y se recargó en la pared como si acabara de sacarse un peso de encima, yo solo pude pensar en una cosa No quería estar en la misma calle que él. No quería estar bajo la mirada de nadie que creyera tener la potestad de decidir si yo merecía ser salvada o hundida. —Tengo que irme —dije. Me giré sin esperar respuesta, sintiendo su mirada clavada en mi nuca mientras me alejaba. No me siguió. Pero sus palabras me acompañaron todo el camino, clavándose a la altura de los omóplatos. No fui a casa. Mis pies tomaron una decisión antes que mi cabeza. Doblé una esquina, luego otra. Pasé frente a la plaza, al kiosco, a la panadería. Cada lugar habitual parecía, de pronto, una maqueta a punto de ser arrasada por una ola que solo yo veía venir. Los hombres como Emil creen que te salvan mientras van apretando los candados. Los hombres como Gavril no se molestan en fingirlo. Y aun así, cuando llegué a la calle lateral de la parroquia y vi la puerta trasera entreabierta, supe que, de todos los lugares en los que podría estar… ese era el único en el que mi cuerpo iba a dejar de temblar. No porque estuviera a salvo. Porque, por primera vez en años, alguien me miraba sabiendo que estaba sucia… y aun así me quería cerca. Aunque fuera por razones equivocadas. Aunque, si supiera quién soy en realidad, terminaría la frase que Emil apenas había empezado: terrorista digital. Oracle. Su objetivo. Subí los dos escalones que separaban la calle del umbral. La voz de Gavril llegaba amortiguada desde dentro, dando órdenes a Misha sobre cámaras, rutas de escape, patrones de ataque. Apreté los dedos en la carpeta hasta que el cartón crujió. Y aun sabiendo que, si alguna vez él unía los puntos correctos, lo más lógico sería que me pusiera de rodillas y me apuntara a la frente… Toqué la puerta. Porque entre ser arrastrada por la culpa de Emil y enfrentarme al fuego de un Markov, por primera vez en mi vida la balanza se inclinaba hacia el fuego. Prefería el peligro explícito de un hombre que sabía exactamente cuánta sangre estaba dispuesto a derramar… que seguir enredada en la telaraña invisible de quien decía haberme salvado la vida solo para recordarme, cada vez que pudiera, que sin él yo no era nada. Por primera vez, buscaba a Gavril no para pecar. Lo buscaba para sentirme segura. Aunque esa seguridad viniera de los brazos del único hombre que, si alguna vez descubría toda la verdad, no dudaría en ser juez, jurado y ejecutor. De mi vida.
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