LUCIA —Lucia, por favor—, frunció el ceño. —Déjame ir, Alejandro—. Intenté zafarme de su abrazo, pero fue en vano. —Tienes que ir a la oficina—, añadí. —No me importa—, susurró, acercándome más a él, si es que eso era posible. —Eh, eh. Llego tarde a la panadería. —No me mientas. Ayer me mantuviste despierto toda la noche viendo películas y me dijiste que te levantarías tarde por la mañana—, dijo con su voz grave de la mañana. Me mordí los labios para evitar sonreír como una tonta. Anoche, después de lo que pasó entre nosotros, me sentí tímida y decidí volver a mi habitación y dormir, pero entonces él me preguntó si me sentía cómoda durmiendo en su habitación. Oh, Alejandro. ¿Quién te lo va a decir? Siempre he querido estar en la misma habitación que tú. Pero el problema era que no

