LUCIA —Son buenos amigos tuyos—, pregunté emocionada. Él asintió. —¿Y vamos a ir a su boda? Él volvió a asentir. —¿Estoy bien así?—, pregunté, admirando el vestido de satén rojo que llevaba puesto junto con unos pendientes de diamantes. Me había alisado el pelo y lo había dejado suelto. No respondió, sino que frenó el coche a un lado de la carretera y, después de desabrocharse el cinturón de seguridad, se inclinó hacia mí y me tomó la cara entre las palmas de las manos. —Estás preciosa, Lucia—. Susurró y, con eso, me dio un largo beso en los labios. Abrí los ojos con sorpresa y mi corazón comenzó a latir más fuerte, pero antes de que pudiera devolverle el beso, se apartó de mí. —Ah, se nos hace tarde—, anunció y, con eso, encendió el motor y comenzó a conducir. Parpadeé incrédula,

