La puerta de la casa se cerró suavemente tras ellos. Era tarde, la noche se había extendido como un manto silencioso sobre Yerinam. Olivia soltó las llaves en el recibidor y se quitó el abrigo, consciente de cada pequeño sonido. Max la seguía con pasos tranquilos, pero el peso de la verdad que acababan de compartir hacía que el aire entre ellos se sintiera más espeso. Emma los recibió en la sala con una taza de té entre las manos, y los ojos como platos al ver a Max. —¿Él es...? —preguntó, sin terminar la frase, sus ojos y su intuición ya lo sabían. Además de lo que le habían dicho los niños al ser llevados por Jerome. Olivia asintió con una pequeña sonrisa. —Sí, Emma. Él es el padre de los niños. Emma bajó la mirada, asintiendo lentamente. Una expresión suave apareció en su rostro.

