La mañana siguiente, Amira se levantó más temprano de lo normal. A decir verdad, no había podido pegar un ojo en toda la noche por habérsela pasado llorando. Así que, ni bien amaneció, se puso en marcha y se dirigió por algo de ropa que vestir. Luego tendría tiempo de tomar algo para la horrible jaqueca que le había provocado tanto llanto.
Entró en la habitación matrimonial y se encontró con su esposo sentado en la cama algo adormilado aún. Decidió ignorarlo y caminó a la ducha encerrándose en el baño, sabiendo que él seguía con la mirada cada uno de sus pasos. Al acabar, se envolvió en una bata y con una toalla, sujetó todo el cabello. Luego, se cepilló los dientes y solo entonces, salió para ir al vestidor.
Cuando abrió la puerta, se encontró con Nicholas esperando por entrar también, pero al verla aún ignorándolo, la siguió dispuesto a comentarle todo lo que había elucubrado.
- Buenos días. –la saludó pero no oyó respuesta alguna. Carraspeó antes de continuar– Hoy investigaré lo de los regalos y los emails. –la vio tomar un vestido blanco al cuerpo y un blazer para la oficina y rebuscar después entre la ropa interior. – Amira. –le llamó y ella se detuvo–
- ¿Qué? ¿Qué quieres que te diga? –dijo volteándose a verlo– Si ya sé que no vas a disculparte por tu estúpido comportamiento, ¿De qué me sirve que lo hagas?.
- Yo si quiero saber la verdad.
- Pues yo no. –dijo volviendo a rebuscar entre la ropa interior, ofuscada por no encontrar algo de su agrado.–
- Debería interesarte, si es verdad.
- ¿Para qué?. –dijo deteniéndose, pero incapaz de mirarlo a los ojos– ¿Para darme cuenta de que hubo alguien ahí afuera jugando con mis sentimientos? ¿Burlándose de mí? No gracias, paso. –tomó el primer conjunto que encontró y lo miró un segundo antes de decidir que iba a ponerselo. Era de encaje color rosa palo. Luego suspiró– Hazlo tú si quieres, yo prefiero no seguir sintiéndome tan idiota. –Ella cruzó por su lado y salió de allí, de regreso a su antiguo cuarto . Él la siguió solo un par de pasos pero acabó dejándola marchar–
Entonces se dispuso a ir a la ducha, tenía que ir a trabajar. Además, nada ganaría enfadándola más o haciéndola sentir mal con cosas que su esposa consideraba humillante.
Cuando Nicholas estuvo listo, bajo las escaleras y se adentró en la cocina. Allí, se encontró con Carmen sirviéndole una taza humeante de café y entregándoselo luego. Ella le saludó sonriente y le informó que Amira se había marchado ya.
El suspiró profundo, entendía que tenía prisa por no verle la cara, pero eso no le disgustaba en absoluto. Sabía que debería darle espacio. Ya hablaría con ella más tarde, cuando lograra solucionar todo aquello.
Durante toda la noche, se la pasó pensando en que hacer y como averiguar si aquello era verdad. Tampoco pudo dormir porque se sentía extraño. Sentía que si era realmente un malentendido, debería disculparse. Pero tampoco le gustaba eso, él había sido obligado a aceptar y, a pesar de todo, sentía que era el más perjudicado allí.
No era como si se sintiera apenado o arrepentido de haber pensado mal de su esposa porque ahora si le creía. Más correcto era decir que le había otorgado el beneficio de la duda. Porque no podía dejar de pensar que alguien había usado su cuenta personal para urdir tan maquiavélico plan.
Lo peor de todo era que no había tenido noción de que aquello había sucedido durando dos largos años e incluso más. Le sorprendía que jamás haya notado nada siendo que, todos los días, revisaba su correo varias veces durante su jornada laboral.
Aunque tampoco era imposible, sabía que su secretaria y su asistente personal utilizaban su agenda electrónica la cual se enlazaba con su correo y también solían responder o enviar sus emails cuando era de suma urgencia y él no podía hacerlo.
Por ende, eso quería decir que su correo estaba enlazado a más de un dispositivo electrónico y al menos un mínimo de tres personas, contándolo a él, podían hacer uso de este.
También había revisado su bandeja de salida pero ese “alguien” había borrado los registros de las fechas previas a la boda. Pero aún conservaba el móvil se su esposa en su poder, eso le daba la posibilidad de rastrear el IP de origen.
Cuando llego a la oficina, mando a llamar a su secretaría y a su asistente personal. Comenzaría interrogándolas a ella y luego, buscaría al jefe de informática para buscar al graciosillo que había estado jugando a cupido.
- Buenos días señor O’connor. –le saludó su secretaria con una leve sonrisa. Él la miró por el rabillo del ojo cuando cruzó junto a ella, siempre que la veía no podía no compararla con un ratoncillo asustado– Llamaron de la fábrica y...
- Señorita Evans, llame a Lydia Montgomery. Las quiero a ambas en mi oficina. –la interrumpió en su camino a la oficina–
- Sí, señor. –dijo segundos antes de que la puerta de su despacho se cerrara–
Cinco minutos después, ambas entraban a su oficina. Lydia tomó asiento pero su secretaria, más temerosa y recatada, se quedó de pie frente a su escritorio, incapaz de tomarse ese atrevimiento sin ser invitada a sentarse.
Las dos mujeres eran muy distintas. Lydia Montgomery era una pelirroja despampanante que siempre vestía a la moda. De grandes ojos verdes y con un centenar de diminutas pecas decorando sus mejillas y su nariz. Siempre maquillada sobriamente, pero con un color rojo intenso en los labios que dejaban entrever su descarado carácter a la vista. Jamás se intimidaba por nada ni nadie.
A diferencia de ella, Clara Evans era una joven reservada y muy introvertida. Siempre silenciosa y muy formal. De larga melena rubia que jamás llevaba suelto, siempre de trajes extremadamente sobrios y carente de colores llamativos. A pesar de ser muy bonita, no usaba maquillaje para resaltar los rasgos que le favorecían y jamás pasaba de los siete centímetros de tacón.
- Cielo, estaba apunto de llamarte. Tengo las invitaciones para el cóctel del fin de semana en Caverna Bar. Ese que organiza tu competencia, al que querías ir. –dijo mientras hacía ademanes con las manos muy típicos de ella y se cruzaba de piernas en su asiento–
- Lydia, ahora no. –se giró a mirar a su secretaría y le apuntó el sillón vacío junto a Lydia– Siéntese usted también, señorita Evans. –la jovencita tomó asiento tan tensa que parecía haberse olvidado, por un instante, que tenía articulaciones que flexionar.–
- ¿Qué sucede? –dijo su asistente personal mientras alisaba su pantalón oversize a la moda de color naranja con las manos y sonreía ampliamente–
- Quítate las gafas de sol. –dijo mirándola desafiante y ella borró la sonrisa mientras se sacaba las gafas–
- Nicholas, no me asustes ¿Sucedió algo? –dijo colgando sus gafas del pronunciado escote de su blusa color rosa–
- Sí. Algo muy grave. Gravísimos. –las miró a ambas y su secretaria se paralizó ante aquella mirada de su jefe que siempre temía– Alguien se aprovechó de mi confianza.
- ¿Cómo? –preguntó la pelirroja–
- Como oyen. Alguien entró en mi correo personal e hizo uso indebido de él.
- Imposible. Jamás haría algo así. Trabajamos juntos desde siempre. ¿Cuándo fue?. –luego se giró hacia la secretaria– ¿No habrás sido tú?
- No señor, lo juro. –dijo negando enérgicamente con un movimiento de cabeza–
- ¿Cuánto llevas trabajando aquí, niña? –le interrogó Lydia– ¿Eh? ¿Qué haces con los datos que te da tu jefe?
- Lydia –le amonestó Nicholas, luego continuó– Esto no es reciente, pero acabo de notarlo. Aún así, sigue siendo grave. Se han enviado correos en mi nombre a mis espaldas.
- ¡¿Qué?! Imposible. Te prometo que no fui yo. –acotó Lydia– Jamás me atrevería a tal cosa.
-Ni yo, señor.
-Solo quiero decirles una cosa: no voy a dejar pasar esto. Voy a investigar; así que si fue alguna de ustedes, es mejor que hablen porque puedo ser comprensivo ahora. Luego será tarde.
Nicholas no dejó que hablarán más, las envió a cada una a trabajar y se dispuso a llamar a la fábrica, seguramente ya estaban listos los prototipos para el nuevo modelo de teléfono móvil.
Por su parte Amira se la pasó yendo y viniendo por toda la oficina. Luego de servirle café a Robert O’connor en su oficina, le tocó hacer copias de los informes que se utilizarían en la reunión de presentación del prototipo, pronto a lanzarse al mercado.
Si bien su jefe era un poco descuidado y solía olvidarse de muchas cosas a la hora de enviarla por los recados, prefería trabajar para él que cruzarse con su hijo, quién parecía adorar maltratarla cada vez que se asomaba por allí.
- Amira, cariño. ¿Podrías ir y decirte al vicepresidente que retiré el prototipo del apartado de envíos?. Olvidé informarle que lo tomé apenas llegué y no había nadie a quien informarle, así que no dejé registros del retiro. –Amira tomó el teléfono para llamar a la secretaria de Nicholas pero su suegro carraspeó antes de que marcara. Ella levantó la vista y lo vio mover los dedos índice y mayor como si imitara a unas piernas andando– Por favor – dijo y se volvió a meter en su oficina–
Cuando estuvo sola, Amira puso los ojos en blanco y se dirigió al ascensor. Lo que menos quería era cruzarse con él en el trabajo. Y ahora tenía que dirigirse a su oficina, verlo y hablar con él.
Seguro le tocaría recibir el insulto que su padre se merecería más que ella. Pero como era común en él, se desquitaría con su esposa. Entonces cuando las puestas del ascensor se cerraron frente a sus ojos repitió mentalmente: “paciencia, pronto terminará tu calvario” .
Aún así, sabía que Robert no lo hacía con malicia. Desde que su hijo hizo la propuesta, él había sido el más feliz con la noticia. Apreciaba a la muchacha y la consideraba parte de la familia, por eso insistía tanto en que ambos se reconciliaran. Pero, lo que ni siquiera sabía era que jamás habían estado bien.