Capitulo 10: El plan del Rey.

1499 Words
Virginia no podía creerlo, ahora ella se encontraba de pie entre los brazos de ese Barón recién comprometido. — Virginia… Lo siento, realmente lo siento mucho, todo esto, todo lo que estás viviendo ha sido mi culpa… Aunque te pida perdón mil veces sé que no borrará lo que ya has tenido que vivir. — Se disculpaba el Barón con una sincera expresión de arrepentimiento. Virginia que había estado en shock hasta ese instante le empujó con fuerza causando que el Barón se desestabilice y la suelte. Ella terminó cayendo sentada en el césped. Él rápidamente se acercó con intenciones de volver a levantarla. — ¡NO! — Gritó Virginia temblorosa. — ¡No me toques! ¡No me pongas ni un dedo encima! Tú… ¡Estás comprometido! Eres feliz con esa señorita y ella parecía ser alguien dulce, pura e inocente, alguien tierna con la que seguramente tendrás una vida muy feliz… Así que no… No te quiero cerca de mí nunca más. Virginia lloraba mientras decía aquellas palabras, sin embargo, salían desde su corazón. Por qué a pesar de todo, ella se sacrificó por la felicidad de ese Barón que le permitió volver a Gorian una vez y pasar unos meses más con su padre y hermano menor antes de que ellos murieran. Agradecimiento. La ex princesa Gorianita estaba agradecida por eso y debido a esa razón, por ese hombre que tenía frente a ella y que tanto quería… Decidió entregarse a Maita. — Así que aquí estabas, mi pequeña ave~ Tanto Virginia como el Barón Jones volvieron a ver atrás en dirección izquierda. Justo en esa zona acompañado de dos soldados se encontraba llegando el Rey de Maita. — Tendré que cortar muy bien esas alas tuyas. — Sonrió maliciosamente el imponente Rey de Maita pasándole de lejos al Barón y acercándose a su esposa. Virginia estaba atónita y… Aterrada en el césped sentada y sucia. El Rey se inclinó y agarró del brazo derecho a Virginia haciéndola jalada con fuerza para que ella se pusiera de pie. — ¡Ay! — Exclamó Virginia dolorida. El Rey en ese instante colocó su mano alrededor de la cintura de Virginia atrayendo el cuerpo de ella hacia él. — Ten cuidado mi querida ave~ no estamos en nuestro dormitorio para que dejes salir esos gritos~ Virginia se ruborizó de inmediato ante tal comentario vulgar recordando lo que había sucedido en su noche de bodas. El Rey posó su mano libre en la barbilla de la joven Gorianita. — A no ser que tú… Te estés quemando y quieras ir de inmediato a nuestros aposentos~ — Continúo Lance molestándola. Sin embargo, todo eso… Era únicamente por el hombre rubio que estaba de pie viendo la situación aún. — ¡Cariño! — Exclamó la dulce voz femenina de Lady Abigail Haltón corriendo hacia la escena en compañía de una de sus doncellas más confiables. — Así que aquí estabas. — Sonrió la jovencita de cabello corto, rizado y rubio. Allen Jones no sabía que expresión poner. Recién se disculpó con la mujer que amaba y aunque sabía que ella parecía quererlo, Virginia lo rechazó tajante. Ahora esa señorita por la que él no sentía absolutamente nada se aferraba a su brazo contenta y llena de dulzura. — Mi buen amigo, el Barón Allen Jones encontró a mi preciosa y querida Reina que se había perdido, su prometido, es todo un héroe, Lady Haltón~ Sonrió el Rey falsamente y por supuesto mintiendo como un experto a esa señorita quien se creyó cada palabra felicitando a su prometido. — ¡Eres grandioso cariño! — Exclamó Abigail feliz para después soltar a su prometido y acercarse a esa Reina que tenía un rostro rojo como tómate al estar siendo aferrada tan íntimamente por ese desgraciado Rey. — Me alegra mucho que se encuentre bien su majestad, la gloriosa Reina de Maita, Virginia Wiztan. — Ustedes dos podrían ser grandes amigas, ¿No lo crees así? mi pequeña ave~ — Sonrió el Rey viendo a esa pequeña y frágil mujer que sostenía con fuerza entre sus brazos. Virginia vió temblorosa a ese hombre sin saber que responder ni mucho menos que planeaba. Los ojos de Abigail brillaron de emoción. Ella hizo una reverencia a su Rey y agradeció de todo corazón. — ¡Nada me haría más feliz su majestad! — Exclamó Abigail entusiasmada. — Gracias por permitirme ser cercana a la Reina Virginia Wiztan. La hermosa joven Gorianita lo entendió. El Rey había dado el permiso a Lady Abigail Haltón de visitarla y volverse amiga de la Reina, osea… Ella. — No me siento bien… — Respondió Virginia intentando librarse de ese incómodo momento. Si había algo que ella no quería, era lidiar con la encantadora y angelical prometida del Barón Jones, hombre por quién la princesa Gorianita tenía sentimientos. — ¿Puedo retirarme su majestad? — Pidió ella permiso al hombre imponente que seguía manteniéndola aferrada a él. El Rey Lance Lamparth posó su mirada dorada en la pequeña y frágil Reina. Una sonrisa maliciosa curvó los labios de ese hombre. — Por supuesto, permíteme acompañarte mi encantadora esposa. — Sonrió Lance falsamente y Virginia sintió un escalofríos recorrer todo su cuerpo. — Ustedes puede volver, después de todo la fiesta en es honor a su compromiso y amor. — Mencionó Lance a Abigail y el Barón. — ¡Muchas gracias por su consideración su majestad! — Agradeció Abigail feliz. Por otro lado, su prometido no había dicho ni media palabra y su tensa expresión tampoco cambió. El Rey y la Reina se retiraron. Los ojos marrones de Allen Jones les siguieron hasta que desaparecieron de su vista. — Ella parece alguien encantadora, ¡Ya quiero ser su amiga! — Comentó Abigail al Barón. — Tú la conociste antes y la ayudaste a huir en una ocasión del Reino, ¿No es así cariño? Quiero agradarle a la Reina, ¿Por qué no me hablas más de ella? De sus gustos y pasatiempos, tengo que saber que tipo de obsequio llevarle cuando la visite~ Abigail comenzó a caminar de regreso al salón de eventos en el castillo principal. El Barón Jones la seguía guardando silencio mientras la jovencita no dejaba de hablar emocionada, sin siquiera darse cuenta que su prometido la estaba ignorando por completo. •••••••••• Unos minutos después, en la habitación matrimonial dentro del castillo de el Rey Lance. — Hoy te quedarás a dormir aquí. — Informó el hombre de cabellera oscura. — Con ese hombre por los alrededores, corre el riesgo que vuelva a ayudarte a escapar y no puedo permitirme eso para la buena alianza que estoy entablando con tu hermano el joven Rey, Raynold Wiztan. Virginia se sorprendió de mala manera cuando escuchó el nombre de ese hombre. ¡Raynold! Su hermano menor, mismo que había acabado a sangre fría con la vida de su amado padre el Rey Jhonn Wiztan y la vida de su queridísimo hermanito, el príncipe primogénito, Leonardo. — ¿Por qué? — Preguntó ella confundida sentandose sobre una silla en la sala de la habitación matrimonial. — ¿Por qué quieres una alianza con Gorian? Un Reino que tú odias a muerte desde que mi padre asesino a sangre fría a tú Reina. Lance que seguía de pie mientras se servía un poco de vino posó su gélida mirada en Virginia. — No lo entiendes, ¿Pero qué puedo esperar de ti? Eres solo una niña estúpida. — Contestó él burlándose de Virginia y tomando tranquilo de su copa. Lance se sentó sobre un sofá individual que se ubicaba frente a la silla donde se encontraba sentada la mujer Gorianita. — ¡No soy ninguna estúpida! — Exclamó Virginia, para sorprenderse después del tono en el que le hablo a ese hombre, que ahora la veía como si fuera un insecto que debía aplastar. — ¡Maita tomará el control de Gorian! Ese es mi verdadero objetivo. — Confesó él en un tono tan serio que para Virginia fue imposible no creerle. — ¿Ah? ¿Tomar el control? Hablas… ¿De una conquista absoluta? — Así es~ entre más grande y extenso sea mi territorio en el continente más poder tendré y ahora con un Rey tan inexperto, joven y marioneta en Gorian será sencillo. — ¡Raynold no lo va a permitir! — Exclamó Virginia enfurecida. — Yo fuí vendida con el objetivo de mantener la paz, no voy a dejar que le pongas una mano encima a mi nación. Lance se puso de pie en ese instante dejando su copa vacía en una mesita cercana. Él caminó y se detuvo justo frente a la silla donde estaba sentada Virginia, en ese instante Lance Lamparth se inclinó hacia ella. — Tú no eres nada, no eres nadie para detenerme. — Rió burlista. — Tu voz, tu opinión, tus deseos, todo eso no significa nada para Maita y mucho menos para mí.
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