Despierto con una decisión tomada antes de abrir los ojos. No la busco. No la miro. No la nombro. El sueño dejó una marca que no debería existir, una fisura que no encaja en mi forma de operar. No fue el deseo lo que me inquietó —eso lo conozco bien—, sino la forma en que apareció. Sin permiso. Sin control. En un territorio que siempre consideré inaccesible. Eso la convierte en un riesgo. Y los riesgos no se enfrentan de frente cuando todavía no se entienden. Se contienen. Se evitan. Llego a la empresa como siempre: puntual, impecable, enfocado. El día comienza con reuniones encadenadas, decisiones rápidas, conversaciones técnicas que no admiten distracciones. Hablo más de lo necesario, reviso detalles que otros pasarían por alto, mantengo la mente ocupada como una forma de defensa. C

