CAPÍTULO VEINTISÉIS Los cuerpos yacían negros e hinchados en el duro suelo helado. Whit, a pesar de estar acostumbrado a ver c*******s, se dio la vuelta y vomitó. Roose se quedó en silencio, mirando, y Cole, abriendo la tapa de la caja con su bota, dejó escapar un largo suspiro. “Estos coyotes merecen estar enterrados, Sterling”. La mirada de Roose se posó en la mujer. Vestida con ropas ricamente bordadas, su gorro todavía delicadamente colocado sobre su cabello castaño rojizo rizado, en vida había sido notablemente hermosa. “Creo que tienes razón, Cole”. Cole comprobó el suelo, estudiando las huellas. “Se fueron rápidamente, lo que no me sorprende en absoluto. Sin duda encontraremos el lugar donde discutieron y de donde huyó ese mexicano”. “No tenemos tiempo para eso”, dijo Whit, toma

