CAPÍTULO VEINTIOCHO Los corazones latían dentro de pechos constreñidos. El horror de los tiroteos. La promesa de una muerte casi segura. Ese miedo tuerce las mentes, se apodera de los músculos, hace que la vida parezca momentánea, fugaz. No hay tiempo para preguntarse qué podría haber sido, todos esos sueños perdidos, oportunidades perdidas. No hay tiempo para nada más que pensar en la supervivencia. De cualquier forma posible. Channi lo intentó. Se volvió, con la esperanza de poner el pie izquierdo al hombre frente a él. Si pudiera ganar algo de distancia, podría recargar su arma, disparar, escapar. Pero su mente estaba nublada. El instinto de vivir. Giró sobre sus talones, y el otro, el de la escopeta, le asestó un terrible golpe en el costado de la cabeza con la culata, tirándol

