Al día siguiente tuvimos la primera experiencia de ver a Mary bajo los efectos de sus medicamentos. En cuanto llegó a casa, sacó una bolsa de plástico llena de vitaminas, suplementos herbales y medicamentos recetados. Los colocó sobre el mostrador y contó uno de esto, dos de aquello, y así sucesivamente hasta que hubo una docena de pastillas, grandes y pequeñas, dispuestas sobre la mesa de fórmica. Luego se sirvió un buen vaso de agua y se las tragó enteras una a una. Unos veinte minutos después, empezaron los efectos secundarios. —¡Dios mío!— susurró. —El médico no bromeaba con lo de que me habían dilatado los ojos. ¿Podemos bajar las luces?— Cerró los ojos con fuerza y se acercó a tientas a un extremo del sofá mientras yo recorría la sala cerrando las cortinas y apagando todas las lám

