Cuando cumplí 18 años y me mudé con mi padre y mi madrastra, pusieron una norma para mi estancia allí: yo debía hacer todas las tareas de la casa hasta encontrar trabajo, y una vez que lo encontrara, tendría que pagar el alquiler. Todo eso estaba bien, pero el mercado laboral era un desastre. Solicité empleo y me entrevistaron sin suerte. Siempre ocurría que encontraban a alguien mejor o que simplemente no encajaba en la empresa. No tener experiencia laboral previa ni un título universitario tampoco ayudaba. Era un verano sofocante y no teníamos aire acondicionado, así que llevaba una camiseta de tirantes y pantalones cortos ajustados. Tenía un cuerpo decente, no atlético, pero tampoco rellenito, con una talla 36F de sujetador. La camiseta de tirantes apenas disimulaba nada. Era un día

