Noche especial.

998 Words
PRESENTE Abro la puerta de mi apartamento y el aroma a comida me invade las fosas nasales de inmediato. Luca está en la cocina, removiendo una olla. No estamos casados, solo convivimos desde hace años. —¡Tess! Llegas tarde —dice, acercándose para abrazarme fuerte y llenarme de besos cariñosos antes de servirme un plato. Me siento a la mesa con una sonrisa forzada. —Gracias, Lucas… Fue un día largo en la oficina. Me mira con esa preocupación que siempre tiene cuando me ve cansada. —Pareces exhausta. ¿Todo bien con el jefe? ¿No te está exprimiendo demasiado? Suspiro internamente, conteniendo el aliento mientras empiezo a comer en silencio. Mi cuerpo aún zumba con los ecos de los toques de Nicolás, y cada movimiento me recuerda lo que pasó hace unas horas. —Tess —musita Lucas con un suspiro profundo—, hay algo que tengo que decirte. —¿Qué cosa? Duda un segundo, pero al final lo suelta. —He decidido regresar a ellos. Suelto el aire que había estado conteniendo, aliviada porque no era lo que mi mente había temido en un primer instante. Durante todos esos años de relación, Lucas ha evitado hablarme de su familia, esa que lo abandonó en su peor momento. Solo me ha contado sobre el desprecio que sentían por él y lo crueles que habían sido. —Tú eres mi inspiración, la que me ha mantenido en pie todos estos años. Quiero que vayas conmigo. Sonrío, asintiendo con la cabeza. POV DE NICOLÁS Estoy sentado en mi despacho, con aquellas vistas impresionantes a la ciudad. Reviso informes con aparente concentración, aunque de vez en cuando mi mente se escapa a otro lugar: al departamento de la tarde anterior, a los gemidos de Tessa, a cómo su cuerpo se rindió a mí una y otra vez, entregándose por completo. Tessa entra. Lleva una blusa ajustada y una falda lápiz que acentúa cada una de sus curvas; el cabello recogido en un moño profesional que no logra ocultar en absoluto la sensualidad que yo conozco tan bien. Ella es mi secretaria ahora, contratada apenas unas semanas atrás, después de aquel reencuentro inesperado en la entrevista. La elegí no por su currículum —que eran impecables—, sino por el torrente de emociones que su presencia despierta en mí, tanto del pasado como del presente. Pero en público, en aquel reino de cristal y acero, la trato con la misma frialdad que a cualquier otro empleado. —Señor Williams, aquí tiene el informe —dice ella al entrar en mi despacho, con una carpeta en la mano. Su voz es neutra, estrictamente profesional. Coloca la carpeta sobre mi escritorio y, por un instante, sus dedos rozan los míos. Es un contacto fugaz, pero eléctrico, envía una oleada de calor directo a mi entrepierna. Levanto la vista y mis ojos se clavan en los suyos un segundo más de lo necesario. —Gracias, Tessa —respondo con voz fría como el hielo. En ese momento me viene un flash del pasado: nosotros dos, adolescentes, robando besos en un pasillo desierto del colegio, las manos entrelazadas con la inocencia de un primer amor que entonces parecía eterno. —Puedes retirarte. Tessa asiente. Se da la vuelta para salir, balanceando sus caderas ligeramente: un movimiento que para cualquiera podría ser inocente, pero que para mí es una provocación deliberada. Cierra la puerta tras de sí y deja un silencio pesado. Me recuesto en la silla, cierro los ojos un momento e imagino lo que haría si no estuviéramos en la oficina: arrastrarla de vuelta, besarla hasta derrumbar su máscara profesional, hacerla mía sobre el escritorio. Pero el control es mi armadura; no puedo permitirme un desliz. --- El día transcurre envuelto en una tensión constante. En la reunión de equipo, Tessa presenta los datos con voz firme, atrayendo miradas de admiración de varios socios. Yo la observo desde la cabecera de la mesa, con las manos apretadas bajo la superficie de madera cada vez que alguno de esos hombres la mira o halaga de más. La reunión termina con aplausos, pero yo solo asiento con un seco: —Buen trabajo. Cuando el reloj marca las seis, recojo mis cosas. Tessa se queda trabajando tarde, como siempre: la excusa perfecta para nuestros encuentros clandestinos. Pero esta noche no habrá departamento; Valeria, mi esposa, me ha pedido que llegue temprano a casa. Conduzco hacia la mansión con la radio apagada; el silencio amplifica mis pensamientos turbulentos. Aparco junto al Mercedes de Don Eduardo, mi suegro, el hombre que me sacó de la pobreza y me moldeó hasta convertirme en el empresario que soy hoy. Entro por la puerta principal. —¡Nicolás! Papá ya está aquí —dice Valeria, besándome apenas cruzo el umbral. Le devuelvo el beso y la rodeo con un brazo. Eduardo se levanta del sofá; su presencia sigue siendo imponente a pesar de los años. —Hijo, ¿cómo va el negocio? —me saluda con un abrazo fuerte. —Todo bajo control —respondo, y nos sentamos a charlar sobre cifras y estrategias. Entonces suena el timbre. Valeria se levanta. —¿Esperamos a alguien? —pregunto, intrigado. —Por supuesto —dice mi esposa con una sonrisa—. Esta noche será especial. Miro a don Eduardo y él se alza de hombros. —No sé nada. Acaba de decir eso Eduardo cuando se escuchan voces y un saludo emocional de mi esposa con aquel hombre. Pronto aparecen en el salón. Bajo el umbral está un hombre alto, al cual reconozco de inmediato… por las fotografías que Valeria tiene en su cajón de recuerdos. Ese hombre es Luca, su hermano. Pero no es ese hombre el que me intriga, ni el que me deja perplejo. Es su compañera, la mujer que tiene tomada de la mano. Tessa, mi Tessa, la mujer que había hecho gemir de placer la tarde anterior, estaba del brazo de Luca.
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